lunes, 2 de diciembre de 2013

El librito de Schopenhauer

A Osvaldo Soriano.
Mourinho metió un dedo en el ojo del entonces segundo de Guardiola, consumando su impotencia tras una derrota más en el Camp Nou, el estadio donde ejerció como traductor mientras aprendía magistralmente el oficio de entrenador. Hacía ya un tiempo imborrable que no se comunicaba con Guardiola. En ese nefasto clásico, al salir de los vestuarios al campo se dieron fríamente la mano pero su mirada oblicua buscaba dar con el cuaderno con rulo y bolígrafo que llevaba el elegante Pep. Porque no era una libreta como la de Van Gaal, sino un librito encuadernado.
Mourinho como buen aprendiz se había molestado en indagar entre las lecturas de grandes colegas, en buscar con provecho el secreto de sus éxitos. Llegó a saber, en su breve y laureada etapa con el Inter, que Helenio Herrera, además de atesorar su gran escuela del mundo (desde su niñez su biografía es apasionante por el vértigo mundial de su accidentada identidad) leía entre concentraciones y aeropuertos a Erich Fromm, ya saben, El miedo a la libertad fue un best-seller, impropio de los libros de filosofía, y el mago supo sacarle su rendimiento.
Mourinho buscaba una lectura similar que adecuada a su tiempo le sirviera para domesticar los egos del mayor club del mundo, incluido su personal directivo que le mendigaba terminar con la hegemonía de su rival periférico a cualquier precio.
Guardiola, muy cauto y precavido, se percató de las intenciones del portugués. De hecho, Mou durante ese partido se desentendió de lo que ocurría en el terreno de juego. Solo le preocupaba robarle su libreta. A todos sus secuaces repartió órdenes, en realidad, una sola orden: que la pillasen. Desde los primeros minutos, lo que no suele ser costumbre, mandó a la banda a calentar a sus hombres, pero el míster de moda no abandonaba ni por un momento su librito. Para ese menester, más que su banquillo de lujo hubiera necesitado a los más hábiles descuideros del Metro de Madrid. Alguna Ibrahimovic hay.

Gracias a un topo de su bando, y que gracias al secreto profesional no desvelaré, he sabido a quién leía el filósofo de Santpedor. ¡A Schopenhauer! ¡Y en alemán! Ahora entiendo porque perdió el pelo, así como su vejez prematura.
En un libro reciente, Ibrahimovic, cuenta como el filósofo hasta llegaba a usar el latín para comunicarse con toda la tropa en los entrenamientos. Desde esos primeros días, -confiesa el gigante sueco- me entraron las risas y jamás me lo perdonó.
-Socius malorum, compañeros de sufrimientos, my fellow sulfferer!Joder, yo le contesté en romanó y me mandó a correr a la banda. ¡Que poco feeling! Ya me avisó, Eto'o, pero...

Pepe Guardiola, continúa el zíngaro sueco, nos tomaba por bárbaros, sobre todo a mí. Ahora sé que Schopenhauer le aconsejaba a través de su librito proscribir la verdad para domeñar nuestras almas: Lo útil es utilizar el error, el cuento o la parábola para enseñar una fe positiva.

El cabrón nos hablaba de su filosofía, joder, cada entrenador con su librillo. "Mi filosofía es simple, puede resumirse en una única frase: el mundo es el autoconocimiento de la voluntad". Me tuvieron que sujetar, y ya sabía que con esa panda de catequizados mis cartas estaban marcadas. En cualquier otro equipo, le hubiéramos mandado a freír espárragos a la Macedonia, pero...Nos decía, el fútbol no debe ser una obligación, sino un regalo. Qué jodido, interpretaba a su negro al revés. El verdadero filósofo, que paseaba hacia Sachsenhausen con su perrito de lanas, habló de la vida como una labor sin reposo, como lo es cada semana mantenerse en la elite, "una competencia sin tregua, un combate interminable".
El próximo verano que me he quedado sin Mundial terminaré con él, aunque tal vez no haga falta si del Bayern le acaban echando a patadas. Está loco. Claro que hay topos. Pero no, mejor lo aprovecharé con Schopenhauer en las Seychelles, je, je, yo le mangué el librito con sus comentarios a mano. En realidad, por eso me echó.

domingo, 17 de noviembre de 2013

A LAS 6 DE LA MAÑANA EN LA PLAZA ELÍPTICA


Cada mañana en la plaza Elíptica de Madrid se repite la escena. Llegan los empleadores, usaremos este técnico eufemismo, para elegir mano de obra barata. Aunque les llaman "los pistoleros", ya que con sus escrutadores ojos y el brazo extendido eligen apuntando, como en las plazas de los pueblos andaluces lo hacían los caciquiles señoritos al señalar a los lugareños más idóneos para las faenas del campo. En los años del ladrillazo las furgonetas proliferaban frente al bar Yakarta, exótico nombre para recibir a los sin papeles de otras tantas latitudes: África, América y la Europa del Este. En el aledaño barrio de Carabanchel ha cerrado el otro castizo Yakarta después de décadas sirviendo el mejor marisco de la zona. Aquí, las gambas llevan gabardina para combatir el frío mañanero, y en cuanto a las del aperitivo del domingo, algunas están de negro luto.
La plaza Elíptica lo es geométricamente, claro. Y también conceptualmente, puesto que añade la virtud elíptica de que sea más conocida así que por su verdadera denominación: Fernández Ladreda. Nomenclatura, que a su vez es elíptica: falta el nombre. Su inserción en un tradicional enclave obrero podría convencernos de que el elemento elidido es Baldomero, un guerrillero asturiano ejecutado en la posguerra a garrote vil. Por contra, el sentido común del callejero madrileño me orienta hacia un ministro de Obras Públicas franquista.
Especialmente en el lenguaje cinematográfico la función de la elipsis es más agradecida y acertada. Hace posible que una vida entera no necesite otra vida paralela para contarse. Si el protagonista se acuesta y acto seguido amanece y se despereza, por lo general habremos de entender que ha dormido las horas reglamentarias sin el cansado seguimiento, ni ayuda de ningún cartel explicativo. Aunque cineastas hay también que nos quieran mostrar enteramente amaneceres o las variaciones de la luz del membrillo.
Las entradas biográficas de una enciclopedia a la fuerza son también elípticas. Veamos esta de la wikipedia: "Empezó su carrera en un equipo de su país, el Kadji Sports Academy, y en 1996 fichó por el Real Madrid B..." Se refiere al futbolista africano de mejor currículo: Samuel Eto'o. Si bien su negra piel no cuajó con el color merengue, ese "fichó" puede obviar cualquier zozobra en su traslado europeo a manos de intermediarios sin escrúpulos. No es el caso, ya que sus sinsabores fueron muy futbolísticos, y no le impidieron continuar su veloz progresión.
En las películas de misterio, policíacas, el llamado género negro, al espectador se le oculta en el momento del crimen al asesino por culpa de un objetivo desenfocado. Esta otra elipsis (objetiva) es muy habitual también en el mundo depredador de los cazatalentos, que mediante engaño, rapiñan a niños tercermundistas, como en tiempos de la esclavitud. Y rara vez los focos de la fama se desvían de las estrellas prestando atención a estos numerosos dramas.
A menudo los relatos más impactantes se construyen en primera persona. Desde el Lazarillo a las confesiones de Rousseau. De este modo, la que no muestra la cámara o la pluma obedece a la ignorancia del narrador. La elipsis subjetiva.

A las 6 de la mañana en la plaza Elíptica no he visto jamás a Eto'o, pero sí a tantos marfileños, malíes, senegaleses o de su propio país. Uno de ellos, Alassane Diakité, ha vencido los miedos y tinieblas de un "ilegal"  para denunciar a los traficantes de sus sueños a través de Change.org. "Con 15 años vino a verme un hombre que me prometió que podía convertirme en una estrella del fútbol en Europa. Mis padres invirtieron todos sus ahorros... Pero cuando llegué a Francia, en lugar de llevarme a un estadio de fútbol, me metieron en un sótano durante meses, sin ver un balón".
Aunque la FIFA prohíbe que los clubes europeos contraten a menores fuera de Europa, sus agentes han traído fraudulentamente unos 20.000 chicos africanos.

Acabemos con esto. Pídele a la UEFA y a la Real Federación Española de Fútbol que adopten un Código de Conducta contra el tráfico de menores en el fútbol, al que se adhieran los equipos europeos. (Es la petición de Alassane Diakité a través de la referida organización).
Aún existe en la sociedad del éxito una elipsis mayor. Es la que plantea la película de próximo estreno, "Diamantes negros", con denuncias como la del joven malí. A quienes resulta que, como él, no son el nuevo Eto’o o el nuevo Drogba, se les abandona a su suerte en un país extraño, lejos de sus familias y sin dinero. Sin embargo, todos los focos se dirigen a los campeones. La hierba brillante del Bernabéu nos atrae más que la negra oscuridad de la plaza Elíptica a las seis de la mañana.

domingo, 10 de noviembre de 2013

LA BANALIDAD DEL MAL

Recuerdo a mi padre asistiendo ya muy mayor a los partidos de fútbol. No me acompañaba, en cambio, en su edad activa. Alguna vez que otra aplaudía como un gentleman. Y lo único que lograba sacarle de sus casillas eran los insultos de la gente al árbitro de turno. Siempre los mismos. Ya saben, sobre todo esos que mientan a sus madres, las que prudentemente no suele acompañar a sus hijos en ese trance. Mi padre no compartía su gratuidad y nunca le parecieron justificados. Lo mismo que por un asesinato te pueden caer 30 años y en una guerra por mil te condecoran, en un campo de fútbol si alguien injuria a una persona puede ser denunciado, pero a cien mil gargantas les sale gratis vilipendiar al colegiado.
Freud habló de la civilización y sus descontentos. Aunque la duda sería saber si quienes se desgañitan de ese modo en el estadio no pertenecen, en realidad, a un estadio anterior a la civilización. A ello responde que el fenómeno del fútbol haya sido visto como las guerras modernas del siglo XX. A falta de soldados gloriosos, no quedan otros héroes que los que corren en calzones tras el balón. Sirve el fútbol como desfogue, como compensación más que como espectáculo: hay aficionados que invariablemente lo toman como lo primero. Buscan el ambiente más exaltado como las cucarachas y chinches la húmeda oscuridad.
La crítica más académica sienta el canon de que el deporte rey favorece la violencia. Olvidan estos clásicos que los sports, incluido el foot-ball, nacieron y solo lo practicaban las elites sociales. Un sportman era un caballero y la competición no desataba la violencia, porque los juegos tenían unas normas concienzudamente elaboradas en las que el honor, no era aquel caduco de los dramas de sangre de Lope de Vega, sino instrumento para lubricar las victorias y las derrotas.
En una sociedad a veces violenta como la estadounidense el fútbol no ha prendido ninguna mecha, porque les parece un juego bastante anodino, con apenas picos de interés. Y no les falta razón. En cambio, en el mismo continente el fútbol ha dado lugar a episodios violentos y matanzas como la de Lima en un Perú-Argentina en el 64, o la llamada guerra del fútbol, descrita por Kapuściński, entre Honduras y El Salvador. ¿Es culpable el fútbol?
El automóvil o la televisión, ahora Internet, son otros tantos inventos cuyo éxito parecen la causa de todos los males. ¿Intrínsecamente son perniciosos? ¿Habría que talar los bosques para evitar los incendios, o prohibir la circulación para evitar los accidentes, o arrancar los cables para evitar la vulgaridad? En la guerra de Vietnam, en las guerrillas de Latinoamérica esa fue la sucia política de guerra: vaciar la pecera para que los peces no respiraran. Y no pudieran colaborar con el enemigo.
Es también como si los estadios tuvieran la culpa de haber servido de escenario para la tortura y ejecuciones en Chile, en China, en Afganistán y otros regímenes islamistas. Entonces, la antigua plaza de toros de Badajoz, la tendrían que haber derribado muchísimo antes, y no por borrar las huellas de la dichosa memoria histórica, sino porque allí fueron asesinados cientos y hasta miles de inocentes por las tropas de Yagüe.
El libro, que fue tesis, de Báez Pérez de Tudela, "Fútbol, cine y democracia. Ocio de masas en Madrid, 1923-1936", rescata ejemplos inéditos de ciudadanía en las procesiones dominicales hacia el nuevo Metropolitano o Chamartín. El célebre mitin de Azaña en el campo de Mestalla sirvió de ágora para la palpitante y recién estrenada democracia española.


Franco con un gol de Marcelino derrotó 2 a 1 a la Unión Soviética al grito de "Rusia culpable". Cierto, con la complicidad del fútbol. Como Videla en el 78. La Italia de Mussolini utilizó a su squadra azzurra para la conquista de los mundiales del 34 y 38. Resultó propaganda más efectiva que su espantosa participación en la batalla de Guadalajara.

Esta semana la selección española jugará en Guinea Ecuatorial, uno de los regímenes más corruptos, un amistoso. ¿Debería no hacerlo? Dónde poner entonces el listón, teniendo en cuenta además que la imagen internacional de España en esa misma materia no resplandece, precisamente.
El fútbol es espejo aumentado de todas estas banalidades de los poderosos. Que, por otra parte, mantienen relaciones interesadas con cualquier dictadura del globo. Cómo pedirle  ejemplaridad al fútbol si quienes lo rigen no se mueven muy lejos de aquellos.

lunes, 4 de noviembre de 2013

SEÑAS DE IDENTIDAD



Cuando el fútbol se debatía entre el fútbol aficionado y el profesional, los juegos olímpicos ocupaban el universo del primero hasta implantarse los Mundiales y acabar con la impostura de un amateurismo ya inexistente. El Reino Unido, inventor del juego, no mandaba a los profesionales de sus ligas. No pasaba lo mismo con la Europa continental que jugaba con cierto retraso aprovechado.
En 1920 la recién bautizada furia española alcanzó la plata en Amberes. Causó mucha impresión "El a mí el pelotón, Sabino, que los arrollo" de Belauste. Tanta, que ha marcado el lánguido devenir de la selección nacional hasta hace poco. Se tomaba el fútbol "físico" y con garra norteños como señas de identidad. Toda una sinécdoque en una nación permanentemente sin hacer.
Otro error. La ficticia unidad peninsular en torno a la catolicidad común de los reyes de Castilla y Aragón y su supuesta lucha hermanada frente a los moros. Él mismo Ortega, sospechaba que no puede llamarse reconquista, ¡lo que duró ocho siglos! El autor de la España invertebrada y sus hermanos mayores del 98 veían a España como problema. Un problema secular que ni la federal alemana, ni el Reino Unido de la Gran Bretaña con escoceses e irlandeses, ni los franceses con bretones, corsos, etc., han gastado el tiempo en plantearse.
No me extraña por tanto que encaje un brasileiro en la selección, como bien lo han hecho tanto sudamericanos que le han precedido. El argentino Rubén Cano nos clasificó agónicamente para el Mundial de Argentina y Marcos Senna, otro brasileño, inteligente y señorial, nos encaminó hacia la senda de los laureles. Lo difícil ha sido la convivencia bipolar de madrileños, catalanes y vascos, y aún otras periferias y singularidades locales, bajo la misma bandera.
Los del 98 tomaron la esencia de Castilla, su ideal platónico y estético, como argamasa peninsular. ¡Ay, le falta a esta raza ibérica, la república portuguesa del comandante Ronaldo!
Clemente, fino jugador malogrado, tomó la furia de Belauste como identidad seleccionable y también fracasó. España no era eso. España sigue siendo un país de bajitos chillones, aunque no exentos de genio. El de un manchego, Iniesta, con un Xavi de Tarrasa, Hernández charnego. La garra de Puyol catalán junto al andaluz Ramos de Camas. Etcétera.
Nombres, nombres, que diría Ockham, y que el fútbol ha sabido juntar allí donde antes solo había fracaso e incredulidad. Contra la imagen más tópica, el fútbol, un deporte colectivo y práctico, pone gramos de sensatez, en cambio, en la política faltan toneladas.
Los equipos también buscan sus supuestas esencias. Hablaré de mis vecinos de Anduva. El Mirandés padece, en todas las esferas, los problemas de crecimiento. Me dicen los patas negras de la ciudad del Ebro que la gente está nerviosa porque están perdiendo las señas de identidad. ¡Y qué paradoja! Se lesiona, justo un eibarrés, cedido del Athletic, Galarreta, un prodigio de sentido técnico y de fragilidad física. Ocurre, que en el fútbol norteño a semejanza del inglés, no están reñido el juego directo, aéreo, la presión agobiante, con los jugadores inteligentes que ven los espacios y el toque. El tolosarra Xabi Alonso, sería la síntesis.
Hubo que enterrar con siete llaves la metafísica de las esencias, su regüeldo tomista y acudir a la Inglaterra futbolera en busca de espíritus más pragmáticos. Afilar la navaja de Ockham, desechar las abstracciones identitarias en beneficio del experimentalismo (ensayo y error) de Roger Bacon, o del padre del empirismo, otro B
acon, del utilitarismo de Stuart Mill y Bentham (¡el cálculo de la felicidad!) y de Hume, ya hijo de las Luces.
¡Cuánto daño nos ha hecho la leyenda de la furia española!

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Todas las columnas de este octubre veraniego, nada revolucionario, aquí:


viernes, 4 de octubre de 2013

Una visión insólita de la justicia y del derecho

EL CLUB 20.
 Tuve un catedrático de Derecho Administrativo en Zaragoza dispuesto a demostrarnos  cuánto podíamos llegar a aborrecer nuestra afición favorita, si la dejábamos en sus manos como materia jurídica de sus clases. En concreto, el derecho deportivo. Este perspicaz jurista, el profesor Bermejo Vera, pergeñó en su despacho el famoso decreto anti-Porta. Los más jóvenes desconocerán al personaje Pablo Porta, pero este señor fue presidente de la FEF en la transición, con elecciones a las que solo se presentaba él, así que resultaba democráticamente inamovible. Esa sensación la aumentaba todas las noches un auténtico reyezuelo de las ondas, el periodista José María García, que le trataba con gran familiaridad, "Pablo, Pablito, Pablete". Acompañados de cariñosos apelativos, extensibles a todos los dirigentes del fútbol mundial, que no parecen haber cambiado mucho: estómagos agradecidos, abrazafarolas, chupópteros, emperadores del comer y catedráticos del beber y otros tantos de este simpático jaez.
Bermejo Vera elaboró aquel instrumento jurídico para echarlo de la Federación. Un portazo reglamentario a Porta, si se me permite el burdo retruécano facilitado por su apellido. No era ni ha sido el único decreto conocido públicamente por un notorio apellido. Aunque las normas, a diferencia de los actos, deban redactarse atentas al principio de generalidad, de manera que regulen supuestos generales y futuribles y no se  dirijan a personas y situaciones concretas de modo fraudulento; la tradición legislativa española desdice esta pulcra técnica. A muchos menos les sonará el decreto-ley Aranda. El que fuera dominador de Asturias pedía la monarquía juanista, una vez acabada la guerra. Esa ley tuvo el efecto fulminante de pasar al general Aranda a la reserva. Contraviniendo lo explicado en las aulas, nuestro querido profesor Bermejo se inspiró en la tradición, que como se sabe, es la piedra angular del derecho. Y si me apuran, de la civilización.
Lo que sus alumnos desconocíamos del todo era su frustrada faceta de portero de fútbol. Una buena mañana de los ochenta en la contraportada de El País aparecía su foto, bajo la portería de un vacío estadio, con corbata y sus gafas de pasta. Encima, un titular: "Mi padre no permitió que me fichara el Barça porque decía que el fútbol es el opio del pueblo". O algo muy parecido. Un opio, que el entorno supremo del fútbol no quiere que se sujete al ámbito del derecho administrativo, para bien de los estudiantes, futboleros o no, y de la felicidad global.
El descenso administrativo del Guadalajara la última temporada consiguió por una parte enojarme, dadas mis simpatías por la afición alcarreña y el trabajo bien hecho de su entrenador Terrazas. Pero tuvo la virtud de que desempolvara los viejos manuales de García de Enterría, ilustre jurisconsulto, fallecido hace apenas unos días. Entre el desconcierto general, al que las noticias de la prensa ayudaban mucho, su primer tomo firmado junto al profesor Tomás-Ramón Fernández, me recordaba la inmediata eficacia de los actos administrativos. Por tanto, las decisiones de la Liga Profesional son eficaces, una vez  notificadas o aprobadas por el superior jerárquico, esto es, el Comité Superior de Deportes. O que los recursos no suspenden de suyo, sino muy excepcionalmente, la ejecución de los actos impugnados, cuando pudieran causar perjuicios de imposible o difícil reparación.
Ítem plus, esta pasada semana, dado que Castilla es ancha, nos enterábamos con incredulidad, de un posible devastador efecto mariposa. El simple aleteo de un nuevo Salamanca se puede sentir al otro ancho lado de Castilla, conforme al sorprendentemente atinado proverbio chino. La toda poderosa FIFA, que junto al COI, son tan  refractarios a la acción del Derecho como el viejo clan de los hermanos Malasombra, amenazan con expulsar a la federación castellano-leonesa y a la española del Olimpo redondo, si no se saltan el capítulo de la Constitución que obliga a "cumplir las sentencias y demás resoluciones firmes de los Jueces y Tribunales". Aplicar el perverso ordenamiento jurídico español, a juicio de Blatter, hasta nos podría dejar fuera de Brasil, a pesar del mérito constitucional probado de Iniesta, de Casillas y del portero suplente.
Difícil elección entre la razón y el circo, ya que la FIFA, que no es filfa, es la dueña del circo mundial.
EL ODIOSO JUGADOR NÚMERO TRECE
Aún mayor que el sentimiento de justicia lo es el de injusticia.
"Eso en injusto". Por tanto, el filósofo descreído se pregunta: ¿qué es justicia? Un grito destemplado, un golpe seco sobre la mesa que denuncia subjetivamente la situación personal vivida como injusta. Cuando la subjetividad es la masa no cambia nada. Refuerza su sentimiento con más convencimiento. Somos una comunidad emocional, a ver quien es el valiente que advierte que el árbitro cuando pita en contra no siempre se equivoca.
En un mundo feliz no haría falta árbitros. De hecho, en la infancia no los hay. En el fútbol callejero de nuestra nostalgia por no haber no había ni porterías. Tampoco existía el fuera de juego con lo que nos ahorrábamos dos árbitros más. Aunque el portero, verdaderamente vivía muy fuera de juego, como algún otro gordito defensa o delantero centro, si se lo permitían y aprovechaba como caído del cielo el balón que con solo rozarlo acabaría rebasando la imaginaria puerta contraria. Tan imaginaria como el larguero que tenía la virtud de bajarse, a juicio de los defensas, ante un chut enemigo, o levantarse, cuando aquellos hacían de atacantes. En todo caso, lo hábil era disparar raso, pues rara vez se concedía un gol que sufría el mal de altura.
Basta de añoranzas, tan prolijas en los correos y líos de Internet. En el mundo de adultos hay árbitros como hay inspectores de Hacienda, debido a que nadie rasca su propio bolsillo sino tiene un pistolón, así de figurado, frente a su jeta.
De todas maneras, es buena la figura del árbitro. Si no, a quién echar la culpa de nuestras propias derrotas. El odio al árbitro también refuerza al grupo. Une mucho la muta. Desde el quiosquero hasta los que están arriba de los medios, sirve para que el televidente tenga de que hablar los jodidos lunes en la oficina; sirve para que el especialista, subido al púlpito que le presta la radio o televisión de turno- ¡joder, pero si es un odiado exárbitro!- carraspee para ofrecernos el registro más grave de su voz; sirve para que el hincha que conocemos fuera del estadio, expulse todos sus resentimientos pretéritos y futuros.
Y pienso, con la ayuda de Hobbes, que el hombre es una lengua viperina para el hombre. (Menos mal que el no del todo bien entendido autor no se acordó de la mujer). Las decisiones del árbitro son pasto de discusión. En nada ayudan los jugadores, que como rubios querubines se hacen los suecos, incluso antes de oír el silbato. Por momentos, el fútbol me parece un juego que infantiliza, sus protagonistas tienen la malicia de los niños, que no es maldad sino egoísmo. Lo malo es que los engaños de los futbolistas enciscan a los adultos, que se faltan al respeto y se dejan de hablar por esas niñerías.
Sin embargo, el fútbol no muere, ni se mueve. Ofrece cabezas de turco igual que el sistema. Alimenta al poder que le necesita inseparablemente. Por algo es una cuestión de estado donde no faltan todos sus gerifaltes. Desde el patán al más grande patán.
El árbitro es válvula de muchas frustraciones, incluidas las de ellos mismos, que nunca supieron meter un gol, por falta de puntería o exceso de michelines. En cambio, metidos en su papel la cosa funciona. En inglés se llaman referé, que quiere decir que son la referencia, además la única referencia porque son inapelables. Esto va contra todas las garantías, pero el juego dejaría de ser un juego si invocamos las formales garantías. Dependemos de un único juez que quizás sea abstemio, lo que jamás debería permitirse en las buenas tierras del Ebro y del Duero. ¡Que le vamos a hacer! No dramaticemos y no tendremos que llegar a aplicar los convenios de Ginebra.
Al aficionado se le representa como el jugador número doce, el imaginario dorsal del colegiado es el odioso número trece. Ya que también juega. Lo hace, a su pesar, como cabeza de turco en un mundo irremediablemente injusto.
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http://iusport.com/col/95/blas_lopez_angulo____/
En esta web, podéis contextualizar mis artículos con el affaire de la FIFA y el arbitral.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Pero...¿Hubo alguna vez once futbolistas de izquierdas?



"Haga usted como yo, no se meta en política". Auténtica retranca gallega, ya que para los más jóvenes que no reconozcan al autor de tan celebrada contestación habrá que recordar que el gallego militar contraviniendo sus obligaciones profesionales no solo se avino a poner fin a un orden constitucional legítimo por la fuerza, sino que condujo los destinos de esta triste patria durante 40 interminables años.

En el mundo del fútbol tal consejo se obedece más si cabe que las consignas de aquel caduco régimen. Y lo peor aún, se ha interiorizado sociológicamente dentro del ambiente general como un estrago más dentro de un país en el que los hábitos democráticos, hablamos pues de derechos y libertades fundamentales, no han cristalizado jamás.

Existe un clamor general contra la contaminación de la política en el fútbol, la senyera (un símbolo oficial), causa ardores de estómago y casi bélicos, como equipación deportiva del Barça fuera de su estadio en muchos de los apacibles aficionados contrarios. Sería más prudente, es mi opinión, que pasara a ser el primer uniforme en el Camp Nou, posando el grueso de sus jugadores criados en La Masía para la foto al baile de una sardana o formando un no peligroso
castellet que no menoscabe el once inicial. Para sus desplazamientos, no estaría de más invertir el protocolo y vestir sus tradicionales colores blaugranas, puramente deportivos y aceptados con total normalidad en el interior peninsular.
No se entienden las banderas bukaneras, republicanas y sus pancartas y proclamas en el campo de Vallecas, pero sin embargo han proliferado con "naturalidad" banderas con el águila y cruces gamadas en los fondos del Bernabéu, además de las onomatopeyas racistas.

Queremos disfrutar del fútbol como de niños cuando solo es un juego, pero ya ni para ellos lo es por culpa de sus padres y porque ha devenido en las últimas dos décadas en un gran negocio.

Se puede opinar de política en la barra de los bares, salvo que en las tabernas más castizas vuelvan a colgar ese viejo cartel escrito en tiza: "Se prohíbe cantar, blasfemar y hablar de política"; te pueden soltar un sermón de aquí te espero cruzando La Castellana en taxi, pero el fútbol, en cambio, ha de permanecer inmaculado con las galas infantiles de la primera comunión en los estadios o en las interminables charletas, chácharas televisivas, donde nunca ponen el cartel de FIN como acostumbraban las buenas y viejas películas.

Se pueden, en FIN, llenar de políticos los palcos, conversar entre puros y copas sobre recalificaciones de terrenos con las autoridades, aplazar o hasta condonar deudas tributarias (que son delictivas para el resto de los mortales), de la Seguridad Social (que a las pequeñas empresas arruinan) o avalar tus préstamos la propia Generalitat Valenciana, como es el caso   del Valencia o el Hércules. Pero prohibido hablar de política, que la política tiñe y lo dicho una sola vez no hay detergente que lo lave.

En este contexto, los futbolistas profesionales, que muchos son críos pero no tontos, aprenden rápido. Conocerían el salario mínimo solo si leyeran el BOE, cosa poco habitual entre ellos, algunos extranjeros lo multiplican ad infinitum, lo que no deja de ser todo un sarcasmo para los demás trabajadores inmigrantes que apenas lo rozan. Incluso la llamada Ley Beckham vino a apiadarse de estas esforzadas estrellas cuyo sueldo galáctico, comprendidos sus derechos de imagen y publicidad supera, a pesar de la que está cayendo, el millón de euros de nómina mensual, más de mil veces el salario mínimo interprofesional.

Tampoco me extraña que estas estrellas vivan apartadas de la realidad. Otro día contaré lo que he podido saber de algunos de sus clanes familiares. En general, el fútbol propicia una atmósfera de autorreferencialidad -perdón por el superpalabro-, de la que se alimentan también los aficionados.

Y la próxima semana contestaremos a la pregunta del encabezado. Me temo que hablaremos de política.

Y así fue:
ALGUNOS FUTBOLISTAS DE IZQUIERDA
1Sollier 2 Uranga 3 Cappa 4 Ippig 5 Gª Reis 6 Sócrates 7 Ramos 8 Mekhloufi
 9 Lucarelli 10 Tamburrini 11 Caszely
De no ser porque el periodista Quique Peinado sacó esta primavera lo más parecido a un censo mundial -extraordinario trabajo el suyo- de tan rara avis resultaría de lo más arduo contestar la pregunta que les proponía en mi columna del sábado anterior. Les refresco la memoria: "Pero...¿hubo alguna vez once futbolistas de izquierdas?".
Mi amigo, el también periodista Alfredo Grimaldos, que debe su propio nombre a su padre y a don Alfredo di Stefano, me puso tras la pista de algunos...Ya que haberlos haylos, lo difícil es sacarlos del armario, como veníamos a decir, por razones obvias o más que sobreentendidas la semana pasada. Un ejemplo de los que me citó fue el excelente medio de los setenta Ignacio Salcedo (¿recuerdan aquel tridente, los tres puñales les llamaban entonces, del Atlético? Salcedo, Becerra y Gárate). Alfredo coincidió con él alguna noche de farra y pudo comprobar como ambos cojeaban del mismo pie. Sin embargo, no he hallado ninguna referencia pública  de su izquierdismo en el ojo del gran hermano que es la cosa de Internet. Algunas pistas sí, hubo "caso Salcedo". Luego Salcedo era "problemático", además estudiaba, otra rareza en un futbolista para la época. Ni era el ojito derecho de Vicente Calderón ni tan siquiera de su compañero Luis Aragonés, que de la noche a la mañana pasó a ser su entrenador y no dudó en apartarlo. Olía a manzana podrida.
Pesa mucho el tópico del futbolista pijo. Para el entendido Ángel Cappa viven la trampa del ascenso social y de la fama, como plantas alejadas de su hábitat. "Toman las costumbres, el modo de hablar, los restaurantes, la ropa...de otra clase social". Además, su imagen plasma el sueño americano: sus flamantes coches también deportivos a la salida (o entrada) de los estadios, las novias de piernas no menos prometedoras, una familia precoz con rubios querubines saltando al campo de la mano de papá. Y jamás opinar de nada que no sea fútbol, fútbol, fútbol. El resto es tabú. Por algo sois el modelo de los críos. Ivan Ergic, un futbolista rojo que también escribe, subraya la ficción del jugador como personaje de Disney, como producto publicitario al que el fútbol profesional separa de la realidad.
Toca contestar a la autorrepetida pregunta de si hubo futbolistas de izquierda. ¡Claro que sí! El mejor Gento, sin duda, el mejor extremo izquierda del mundo. En la actualidad, la bala Bale. Algo tendrá el muchacho si tal como se está poniendo la vida hay quien pagar una cifra capicúa millonésima. 101. Aunque en libras el guarismo es menor.
¿Quieren más nombres propios? Pablo Infante, cuando era jugador de Segunda B, decía que todos los de su categoría. ¡Ay, pero hablamos de fútbol profesional! El citado Quique Peinado en su libro "Futbolistas de izquierdas" se ha molestado en ofrecernos una lista roja. Me quedo con Pahiño, el lector de Dostoievski en los duros años 40. Pero no insistan, les daré los de la foto y más: de la A a la Z: Afonsinho, Aitor Aguirre, Ardiles, Bazán, Breitner, Cantona, Cordero, Goran Eriksson, Koikili, Kortabarria, Mesonès, Poves, Oleguer Presas, Rocheteau, Sarriegi, Sindelar, Sorín, Thuram, Zampagna. Tomenlo como una muestra.
Hace unos días Bill Shankly, el legendario entrenador del Liverpool, hubiera cumplido 100 años. Una de sus muchas frases célebres es esta: “El socialismo en el que creo es aquel en el que todos trabajan por el mismo objetivo y todos tienen su parte de la recompensa. Así es como veo la vida. Así es como veo el fútbol”. 

jueves, 15 de agosto de 2013

La película del Mirandés


No es la relación entre el cine y el fútbol especialmente feliz. La mayoría de los intentos por plasmar la emoción del juego y la pasión de las gradas se han quedado en eso, intentos. Por lo que la conclusión casi ha llegado sola: el fútbol encierra en sí durante sus noventa y pico minutos la película con todos sus ingredientes. Una retransmisión plena de actores dentro y fuera del césped, emitida sin escatimar medios ofrece la mejor representación y escenificación de las posibilidades del género.
Más allá de Evasión o victoria de John Huston, que por mucho Pelé tampoco ofrece las posibilidades del juego, salvo alguna de Ken Loach (Mi nombre es Joe, o la de Cantona, Looking for Eric),  y aquí, la ya vieja de Once pares de botas de Rovira Beleta o Campeones (1987) sobre un niño y su padre y el Atlético de Madrid. Poco más.
Nick Hornby publicó hace más de 20 años Fever pitch, aquí traducido como Fiebre en las gradas y convertido con el paso de los años en uno de los libros de cabecera del buen aficionado. Se preguntaba el exitoso novelista por las claves del partido perfecto, las que equivaldrían a esos ingredientes indispensables para hacer igualmente el filme perfecto.
Para un hincha el partido ideal -según Hornby- es aquel con gran número de goles (nada más lejos para la conciencia del técnico, que concibe siempre los goles como errores de concentración, tácticos, etc.), una remontada, un árbitraje lamentable, que llueva a cántaros, penaltis fallados por el rival y patadas y expulsiones a mansalva.
¿Cuál sería el pathos? Los sentimientos incontrolados: el morderse las uñas nada más oír el pitido inicial del árbitro y sufrir hasta la taquicardia cada acercamiento del rival, cada pérdida de balón. La injusticia que encierra cada decisión arbitral en contra de nuestros colores, o no en contra del adversario. Lo que a su vez genera una corriente de odio alimentada por el juego sucio de algunos jugadores oponentes que canalizan todas las iras; los fondos clamando venganza, solo posible deportivamente con las explosiones de los goles, el éxtasis moroso y festivo de las celebraciones, o del gol, mejor en el último minuto, como la manida imagen del orgasmo, señal de la victoria.

Más en cambio, ¿en cuántos partidos de la proclamada mejor Liga del Mundo, según algunos medios tan interesados como ajenos al ridículo, se dieron todos esos alicientes en la última campaña? Un campeonato, que el Barcelona con la complicidad de Mourinho, dejó resuelto ya en la primera vuelta.
Por contra, la segunda división a pesar de no contar, obviamente con las estrellas galácticas reúne buena parte del agitado cóctel que hemos descrito. Empezando porque en la división de Plata los partidos no terminan en el terreno de juego. Se ha empeñado el señor Tebas, dirigente de la Liga del Fútbol Profesional, en perseguir con saña a los equipos modestos, sacando a relucir todos los amaños y fraudes que hasta la fecha habían campado  a sus anchas. Debemos agradecerle su esfuerzo por rescatarnos del tedio estival, que mientras los jugadores pasan más o menos felizmente sus vacaciones o entrenan sin las urgencias de la clasificación, el aficionado, o peor aún el directivo, se desayuna con la prensa enganchado a su tablet en busca de noticias propicias o, al menos, que no terminen por descargar los nubarrones del descenso administrativo, pérfida amenaza del día a día.


En este contexto tuvo lugar el anunciado descenso por el sr. Tebas del Mirandés horas antes de que terminara el plazo de su conversión en SAD. No contaba el oscense dirigente con que el club rojillo se defiende como gato panza arriba en la zona Cesarini. El mismo jugador que hace diez años, Iván Agustín, nos libró con su gol in extremis del barro de la tercera, su famoso lemonazo, protagonizaba junto al resto de capitanes, Pablo y Mujika, el compromiso de la plantilla para salvar a falta de cuatro minutos para la medianoche la caída en el abismo. No era justo que lo que tanto había costado mantener en el campo se perdiera porque el que había prometido poner la pasta no desembolsara un puñetero duro (o un jodido centavo, aborrecido Mr. Marshall).
Con esto, la película del Mirandés nos depara esa pimienta extradeportiva azuzada por el susodicho mandatario -un malo perfecto, ¡enfrentado en su rigor germánico! a la propia Federación-, el fantasma de una ciudad del reciclaje inversora con el misterio de un proyecto con exceso de porvenir. Decía el gran poeta Ángel González, "Te llaman porvernir/ porque no vienes nunca". Y por si fuera poco los jugadores compelidos a pasar a la acción, ¡pero como accionistas! El mundo al revés, el fútbol al revés. ¿Están haciendo historia los de Anduva también en su paso a la horma constreñida de las SAD?
Jugadores con compromiso, creciendo año tras año, pero cuya crecida a las orillas del Ebro se ha llevado docenas de directivos. Solo cuatro permanecen al frente en la parte noble de Anduva.Este mismo año triunfaba una película en Francia sobre el modesto Calais, finalista de la Copa del 2000, que desde la cuarta división francesa se merendaba a dos primeras en la tanda de penaltis, al Burdeos en semifinales y se adelantaba al Nantes en la final, en el mismo estadio de París donde dos años antes los bleus arrasaron al Brasil de Ronaldo 3-0 y recibieron la Copa del Mundo. La suerte que acompañó a los pequeños normandos en tal larga andadura, les traicionaba en los minutos finales: 1-2 y de penalti. ¡Qué crueldad! Es la magia amplificada de este deporte.
La eterna leyenda del David bíblico contra Goliat (otro condimento fílmico pues con ribetes clásicos) la reprodujo también el Mirandés, echando a otros tres primeras, Caneda en la zona Cesarini del minuto 93 que dio el paso a semifinales frente al más histórico rival del torneo en un estadio centenario antes justo también de ser derribado. Más no pudo ser. Pero la película continúa. Pupi Avati nos enseñó como la gran peli sobre el fútbol puede lograrse sin necesidad de mostrar un solo partido en un film precisamente titulado "El último minuto". El conjunto del Ebro ya ha acreditado cuál sería la mezcla perfecta. ¿Es que no hay guionistas en el cine español?