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miércoles, 16 de junio de 2010

War Culture, la política de Zapatero

Rafael Chirbes en su última novela CREMATORIO radiografió como nadie lo ha hecho la sociedad del ladrillo española de estos años atrás. Una fiebre del oro-cemento que cegó lo mismo a gobernantes que al más gili de los pringaos. El pasado mes publicó un artículo en el más prestigioso diario alemán, que la prensa de aquí no ha reproducido. Hoy, hablando con el gran escritor Antonio Ferres, me ha dado una pista del porqué. En Madrid, desde el 39 a fuerza de fusilazos, traiciones como las de Besteiro y Casado, sí Antonio, o como sea, no se ha vuelto a recuperar la dignidad, ni mucho menos la de la palabra, que es un don divino. Os paso el original del artículo de Chirbes en este enlace:
http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=3405
Como por suerte o por desgracia conozco a otro Antonio, Antonio Ortiz para más señas, no tan bueno como Machado o Ferres en todos los sentidos de la palabra, voy a reproducir algún párrafo del texto recomendado. Cuando menos por un motivo, a saber: que vista la molicie reinante (no veáis aquí, o allá vosotros, una alusión sobrevenida al Borbón, eso eran cosas de Bergamín) ni siquiera os acerquéis a dicho texto.

"(...)En pocos minutos se venía abajo todo el armazón ideológico sobre el que se ha sostenido durante seis años esta variante contemporánea de la socialdemocracia, que se ha creído a salvo de los avatares económicos, gracias a una estrategia por la cual los problemas de la vida cotidiana se retiran de la escena pública y son sustituidos –en una cuidada estrategia- por la juguetería de lo que algunos han definido como Cultural War: es decir, por la puesta en primer plano de conflictos más o menos intrascendentes, amortizados, silenciados u olvidados, y cuya dramática escenificación le ha servido para mantener la ficción de una política progresista; de que hay una diferencia esencial entre democristianos y socialdemócratas, obviando que el meollo del progresismo tiene que ver, sobre todo, con la forma en que uno se gana el pan de cada día (y si puede ganárselo o no), y con la estrategia con que se reparte la gran tarta nacional entre los ciudadanos. El prestidigitador Zapatero ha conseguido ocultar durante años esa primacía de lo económico, gracias a que, en España, la lista de conflictos que pueden extraerse de la guardarropía y sacarse a escena es numerosa: clericales contra laicos; abortistas contra antiabortistas; españolistas contra nacionalistas; defensores de la negociación con ETA y partidarios de la mano dura; ecologistas contra negacionistas; partidarios de los trasvases de agua contra partidarios del caudal natural de los ríos; machistas contra feministas y homófobos; e incluso, y sobre todo -sí, setenta años después-, herederos de las víctimas de la guerra civil contra herederos del franquismo. Si a ello añadimos el manejo político de los tiempos judiciales en los escándalos de corrupción que afectan al partido de la oposición, el despacho en el Palacio de la Moncloa parecía asegurado durante unos cuantos años. Como le dijo Zapatero en vísperas electorales a un locutor amigo, y recogió un micrófono indiscreto: "A nosotros nos conviene tensionar". Según los cálculos del líder socialdemócrata, en medio de este agitado guirigay nacional, podía seguir caminando sobre las turbias aguas de la economía sin mojarse ni las zapatillas: sólo faltaba que Europa se recuperase en un par de años, es decir, en vísperas de las próximas elecciones españolas: el tapón español flotaría de nuevo sobre el mar de riqueza continental y él podría seguir presentándose como adalid del progresismo.
De hecho, desde que se inició la crisis, el enredo ideológico ha permitido que los sindicalistas hayan seguido haciéndose enternecedoras fotos con el presidente del gobierno mientras las cifras oficiales hablan de cuatro millones seiscientos mil parados, y las reales superan con creces los cinco millones. Los líderes sindicales han apoyado sin fisuras a un gobierno cuyas únicas medidas anticrisis se han sustanciado en la concesión de ayudas a las empresas automovilísticas y en una entrega de decenas de miles de millones a la banca, ejecutada sin ningún control, con la excusa ideológica de que esos millones iban a servir para que las entidades dieran créditos a las familias y a los pequeños empresarios en apuros. Pero la banca, entre tanto, se ha dedicado a comprar firmas extranjeras, a conceder jubilaciones fastuosas a sus directivos y a mostrar unas brillantes cuentas de resultados fin de ejercicio. Los sindicatos (engrasados con donaciones multimillonarias) no han movido un dedo por los que veían desaparecer sus puestos de trabajo, los que perdían sus pisos y los que tenían que cerrar sus empresas. Durante los últimos meses, la única batalla sindical visible –siguiendo la estrategia del gobierno- ha sido la defensa de un juez que lleva veinticinco años intrigando en política. Zapatero y su ministra de economía han podido presumir ante la oposición de paz social en esa línea postmarxista de que la socialdemocracia es la mejor gestora del capitalismo, y que, por lo demás, cuenta con tan buena tradición en España: en los ochenta fue el gobierno del socialdemócrata Felipe González el encargado de llevar adelante la durísima reconversión industrial que solicitaba el implacable capitalismo europeo; de multiplicar los despidos empresariales hasta elevar el paro a tasas antes nunca imaginadas, de domesticar a varazos a los sindicatos, y de meter al país en la OTAN.
Zapatero ha estado trabajando en sordina a favor de la gran banca y de los especuladores a los que de cara a la galería ataca con demagogia populista(...) Y él mismo ha creído necesario anunciar precipitadamente que pronto llegarán impuestos que gravarán a los que más tienen: a la banca, a la Iglesia, a los ricos (se les llena la boca, salivan al decir la banca, los ricos, la iglesia: cultural war en estado puro). La batidora populista vuelve a girar. A lo mejor queda alguien que se crea algo. No lo sé."

Es curioso. Su amigo Javier Ortiz venía a decir algo parecido en forma más coloquial: estos del PSOE van muy de progres, pero en lo que concierne a la pela no rascan ni una a favor de esos obreros que ornamentan sus siglas. (La cita no es textual, sino semántica). Tendrá razón también otro San Javier, cuando ya hace decenios cantaba:

Tú mucho partido, pero
¿es socialista, es obrero
o es español solamente?
Pues tampoco cien por cien
si americano también,
gringo ser muy absorbente.

Efectivamente, Javier, ni es socialista ni obrero ni tampoco español, los gringos son "mu arsorbentes", es sólo un partido o gran bandería financiado por un tal Botín (¿habrá apellido más explícito que el de este cobrizo chueta!). Rafa Chirbes, ¿no conoces algún escritor joven que pudiera suceder a Valle para el esperpento de ruedo ibérico, siglo XXI, que nos pudiera contar como el PP, vía diputada Cospedal, se arroga, sí Javier, sin hache, el papel de partido de los trabajadores, con un foulard Louis Putton, palestino nada menos?
Hacen bien en copiar, copió Aznar de González, acaso no se llaman Partido Popular, suena lo mismo que obrero. Ya la democracia cristiana en Italia se fundó poppolare...
(Continuará o no).

miércoles, 21 de abril de 2010

Algo más sobre el ensayo de Chirbes: "Por cuenta propia. Leer y escribir"


"Se habla excesivamente de los autores, y de los libros que escriben, en vez de leerlos" (R. Chirbes).

Y, en consecuencia, cuantas veces se dicen pestes de ellos, sin tomarse la más mínima molestia en leerlos.
También debo dar la razón a Chirbes en esto:

"Y es en la densidad de su textura (se refiere al libro, dixit Blas), en esa imposibilidad que tiene de ser resumido (aquello que hacían los del Reader's Digest), en lo que un texto alcanza su razón de ser, su carácter de intransferible porción de aura".

Mientras me esforzaba vanamente en recensionar -resumir- su ensayo, desnudar-las-palabras-del-poder.html , me rondó por la cabeza la sensación de que estaba traicionando justo esa "porción de aura". Confieso que sentí ganas de escribir otro libro con la luz que me proporcionaban todas las reflexiones de Chirbes, fruto de sus lecturas y oficio ("Leer y escribir"). Por suerte para mis improbables lectores, esa tarde de Semana Santa mis obligaciones familiares me impedían tal propósito. Por hazaña tengo, el que redactara la reseña mientras mi hija sufría arrebatos de diva ante la concurrencia de sus primos y primas.

Por razones de espacio, evidentemente, tuve que prescindir de interesantes capítulos. Uno de ellos, principal, estaba dedicado a la "novela de guerra". Lo descarté porque en su mayor parte refería literatura extranjera, a diferencia de los otros clásicos que han conformado el gusto de Chirbes: La Celestina, Cervantes, Galdós. Lo sentí, porque de cualquier manera reforzaba machaconamente las mismas tesis del libro con ejemplos aún más vivos y trágicos, si cabe, correspondientes a las "explosiones" bélicas del pasado siglo. Con vuestro permiso restauro aquí esa parte:

La nueva manera de ver la guerra en la novela del siglo XX tiene mucho que ver con la expresión del argot de la soldadesca, un nuevo lenguaje que desnuda paródicamente los valores militares. Chirbes lo emparenta conVillon, Rabelais, y por supuesto, con la picaresca española: el soldado de Hasek con Sancho Panza según confesión de su autor, pero también con ese pesimismo radical de Lázaro de Tormes.

Barbusse les llama "les proletaires des batailles", un apelativo que sus censores tachaban. El mejor Sender de Imán denuncia el deber cívico de morir que se les impone por el derecho de unos pocos (p. 75). En el episodio nacional Aita Tettauen (1905), Galdós escribe: "El lenguaje es el gran encubridor de las corruptelas del sentido moral, que desvía a la humanidad de sus
verdaderos fines".
La belleza de los versos de Homero nos ofrece la narración de los vencedores, aunque los filólogos -nos dice Chirbes- llevan dos mil años sin darle mayor importancia. Hasta el cínico Bardamu de Céline siente la necesidad de contar la narración de los jornaleros de la guerra, puesto que "el olvido es siempre la verdadera gran derrota: la que convertirá su sangriento degüello en cumplimiento del deber y la cruel estupidez de los oficiales en caballerosidad" (p.84).

lunes, 5 de abril de 2010

Desnudar las palabras del poder


Para Rafael Chirbes la tarea del escritor consiste en desnudar las palabras del poder. Como tal se aplica a ello lo mismo en sus novelas que en libros como éste donde repasa esta forma de entender el arte por encima del arte, como actividad humana que al cabo es. A Chirbes, como antes a Aub, la literatura le importa un bledo, podríamos decir para colmar la risa de sus felices antagonistas: “Me importan la libertad y la justicia”, escribió en Campos de los almendros, su más grande novela y una de las mayores de este siglo.

Entre los materiales para contar la vida Chirbes tiene en cuenta a los grandes novelistas como Balzac o Proust, lo mismo que ese panfleto de Marx que es el Manifiesto comunista o un poema, De rerum natura, de Lucrecio. Sin descartar su propia experiencia vivida.

Sobre todo Rafael Chirbes herido por la vida que le ha tocado en suerte busca entre nuestros clásicos para comprender el mundo y apreciar cómo lo han contado.

Su primera cala es La Celestina. Rojas rompe “con la pirámide social y el orden moral” al hacer hablar a los criados como los amos sin ser los bufones de turno. Inaugura la dialéctica de la sospecha desde abajo. A juicio de Chirbes, “convierte la lectura en un ejercicio de sospecha”. La tradición de los clásicos puesta en boca de la alcahueta Celestina, de criados con nombres cómplicemente clásicos y prostitutas resulta subversiva. Celestina, dueña también de las palabras, vive de su poder mistificador (“cáscara retórica para envolver las pasiones”). “¡Qué palabras tiene la noble!", dice Pármeno.


Frente al desnudo nihilismo de la Celestina, Cervantes nos propone “la fuerza de una idea” para “ayudarnos a seguir adelante en un momento en el que todo es inseguro y hostil”, cuyo sentido no se encuentra, sino que se construye.

Don Miguel es hombre que está en los márgenes, mira desde el resbaladizo lugar que es a la vez dentro y fuera. El fantasma de la sospecha, también en él, recorre sus obras y el miedo de una sociedad a expresar lo que piensa. El retablo de las maravillas es su mayor ejemplo. Y su lectura, siglo XXI mediante, no ha perdido ninguna actualidad. Más bien, al contrario. Esa joven o vieja derecha, que lo mismo es, que niega sin complejos la valía del Quijote no sabe ¡hasta qué punto se retrata! Es como si los herederos de quienes le ningunearon en vida actuasen como sus replicantes.

Cervantes ya es contemporáneo nuestro cuando entiende la “escritura como forma de conocimiento del novelista”, lo que le distancia de ese hábil e intransigente predicador que fue Quevedo. El novelista es maestro del matiz, algo que imitó muy bien el soldado “sanchopancesco” de Hasek, tonto-listo, socarrón, que mira el mundo desde abajo y ve el juego de los de arriba como absurda representación.

El más egregio manco nos ha legado una de las mejores representaciones de la comedia humana, según el erudito Jean Canevaggio.

La última cala entre los maestro corresponde al peligroso Galdós.

Hablando tiempo atrás de Crematorio, la última novela de Chirbes comentaba mi pérdida de interés por la ficción en este país que había proscrito a Max Aub o que excluía del canon modernista a Galdós yendo a buscar fuera (no censuro leer a Baudelaire, Joyce, Proust o Faulkner, sino que se admirara en ellos lo que don Benito ya contenía en su vasta obra). Para el nada sospechoso Cernuda, Galdós anticipa las introspecciones de Torquemada a las de Molly en el Ulysses. Otro tanto podría decirse de fragmentos de Fortunata y Jacinta con respecto a En busca del tiempo perdido.


(En la foto: Torquemada de Galdós)


El denostado garbancero fue otro descreído, que no se rendía en su empeño de confiar en los que miran desde fuera, los locos e iluminados, incluso los cínicos, que por no formar parte del gran engaño, pueden aspirar a conocer sin disfraces la verdad. “Hablar para nadie, escribir para nada”, et poor…

El siguiente capítulo del libro se ocupa de contemporáneos. Lo inicia con una especie de hermana mayor, como lo fue su interlocutora Martín Gaite. Con Aldecoa (incluye un recuerdo para Martín Santos) se recupera el lenguaje más alejado de la retórica del poder y la cultura. Con Vázquez Montalbán a través de su celebrada Crónica sentimental de España se eleva a los manteles de la cultura a los de abajo. Aldecoa lo hizo con el argot de los oficios más duros.

Este plausible realismo social de los 50 duró lo que quiso Castellet al promocionar primero a gente como mi querido amigo Antonio Ferres, Grosso, Fdez Santos o Pinilla (los cita Chirbes); hasta que las nuevas teorías barthianas (“La clausura del texto artístico respecto a la realidad y la vida”: muy interesante, por cierto, La literatura en peligro de su discípulo Todorov reprobando ese desprecio a la realidad.) aconsejaron caminos experimentalistas lejos de la revolución. Ya el nuevo gurú de los 70 Benet proclamó: “ (Que) Todo lo real era susceptible de sospecha.” (p.123).

En su última parte el ensayista nos lleva hasta la actualidad de las “Memorias” y sus “maniobras”.

Balzac o el propio Galdós supieron traernos al presente el pasado. A fin de cuentas, y de cuentos, un proyecto de vida como nos recuerda Chirbes es tan corto, que solo la cultura nos puede proporcionar la sensación de continuidad. Comparto esa sensación. La cultura es tradición, traer, y por tanto, un continuum.

Data el autor la “recuperación de la memoria” en el 93 ante el presentimiento de los socialistas de su derrota envueltos en una corrupción desbordante. Incluso el rey se sumó a la farsa, pareció entenderla muy bien, puesto que su familia, según sentía él fue la primera en conocer la hiel del exilio. Decía Edward Said sobre la labor del intelectual: “no consiste en aceptar la política de la identidad tal como se le propone, sino en mostrar que todas las representaciones son construcciones, descubrir cuáles son sus propósitos y sus componentes y quiénes las fabrican”. En consecuencia, nos dice Chirbes, hay que buscar “cuál es la representación de la Segunda República que se nos ofrece en el menú”.


Sería conveniente seguir, asimismo, la recomendación que nos hace de un libro inoportuno: De Restauración a Restauración. Ensayos sobre literatura, historia e ideología del profesor Blanco Aguinaga. Lo juzgo inoportuno, o más bien inexistente, para quienes se adhieren al festín de la memoria usurpada, según la cual, fueron los hijos de la burguesía los héroes de la resistencia antifranquista. Gentes como Torrente Ballester, Ridruejo o Suárez que habían militado en el falangismo radical son los demócratas de más temple. Comunistas, republicanos de izquierda y anarquistas como Sastre o Bergamín que hurgaban en la legitimidad de la nueva restauración son apartados. No es de extrañar que Max Aub contemplara en su corta vuelta el paso de una España mutilada a una España corrompida.

Otro novelista de fuste, Juan Marsé, relata con su acostumbrado buen oficio la traición en Un día volveré o como también hace Vázquez Montalbán en su mejor novela, a ojos de Chirbes, El pianista.

Con este “republicanismo de fresón con nata” nos están colando lo que de verdad importa. Que, como nos enseñaron los lacanianos, está fuera de la representación. “Habría que remontarse siglo y medio en la historia de Occidente para descubrir una época en la que la voluntad de las clases trabajadoras tuviera menos peso en las decisiones políticas. –Y remata Chirbes- Por no tener, las clases trabajadoras ni siquiera tienen nombre”.

Ya ven mientras los escritores más lúcidos desnudan los deslumbrantes ropajes del poder, éste nos desprende de las palabras más odiosas. ¿No se llamaba con Franco a los obreros productores? Gracias al progreso y la democracia somos todos clase media. Tiene razón Rafael Chirbes cuando concluye que si los artistas acaban formando parte de la claque cercana a sus fastos, se alejan indefectiblemente de la radicalidad que exige la escritura.


lunes, 14 de diciembre de 2009

Crematorio de Rafael Chirbes (II)


Las buenas novelas como el buen vino siempre son/están de actualidad. Como riojano me perdonareis este símil tan clásico, es natural que sea el primero que se me ocurre. Lo digo porque no voy a comentar ningún estreno, porque no entiendo que sólo haya de publicarse únicamente sobre las pelis, las obras (de teatro, musicales, de literatura… de arte, en suma) que se puedan comprar, es decir entendidas como consumo o espectáculo. No confundo comunicar con publicidad, ¡si en alguna medida alcanzo! Menos procuro conducirme por los usos serviles tan extendidos, al menos conscientemente.
CREMATORIO fue premio de La Crítica, excelso reconocimiento para una novela y un autor no muy conocidos en su propio país, al que dedica su memoria y su documentación para fundirla en un crematorio crepitante de alusiones literarias y cinematográficas, de artículos y reportajes periodísticos. Dice el autor: “a la mayoría de los autores saqueados (digámoslo así), incluida la Biblia los he homenajeado citándolos con cualquier excusa". A otros no, porque no ha encontrado la oportunidad o ha perdido la fuente del apunte, del recorte, de la cita, etc.
A esta reseña “mía” compuesta en su homenaje sucede otro tanto: está hecha de reseñas que comparto unidas a mis impresiones como lector y que no desbrozaré. Adelante, pues.
Y lo primero, he de confesar que estuve a punto de desistir de su lectura. No es que se trate de un libro difícil, ni hermético, ni con referencias crípticas y culturales. Todo lo contrario. Es una novela directa.
Rafael Chirbes es un escritor español fundamental de nuestra literatura que vive gracias a los lectores alemanes. Y no porque tenga una de esas agentes literarias que abren mercados, otra expresión de la posmodernidad editorial más palpitante, sino porque Rafael Chirbes a pesar de ser un tipo orgulloso, locuaz, espléndido, buen gastrónomo, avispado catador, divertido, defensor de Galdós y Faulkner sin esquizofrenia, solitario, tal vez con algún parecido al Federico Brouard de su novela; además, y sobre todo, tiene suerte. Esa fortuna del perdedor sonriente y con encaje, y resultó que una traductora alemana le buscó a él y al editor -genial la historia de nuestra literatura exportable, donde vienen a buscar lo que no está en el expositor- y así Chirbes se convirtió en autor leído en Alemania. ¿Por qué se dice que Javier Marías fue elogiado por los críticos alemanes, con Reich-Ranicki a la cabeza, y nadie señala que Chirbes también lo fue y en mayor medida? Pues por la misma razón que se mantiene la vieja concepción de Renfe, sigue habiendo tres clases de vagones, al menos para la gente que espera a los escritores en la estación. Me hace gracia pensar que de su soberbia narración /La buena letra/, la editorial Anagrama debió colocar unos diez mil ejemplares, como mucho, aventuro, y sin embargo en Alemania pasó de los doscientos mil, y hasta le dedicaron una semana en Colonia, donde por cierto no apareció autoridad española: ni literaria ni consular ni periodística.

¿Y qué es Crematorio? Las novelas no se explican, se leen, y lo más que puede hacer un comentarista es acercar el libro a los lectores. Ahí encontrarán el mundo nacido en la posguerra, crecido en la transición y que se hizo grande gracias al socialismo especiado y los populares imperturbables. Una familia, un constructor, un mundo. Cuando los sueños se hacen realidad y resulta que la realidad no tiene nada que ver con aquellos sueños. Pero así es la vida que hemos ido creando relatada por un escritor que un día decidió retirarse a vivir en un pequeño pueblo y se limita a la cosa más difícil de cuantas tareas puede tener un novelista: abrir bien los ojos del recuerdo, afilar el lápiz y ponerle una cierta distancia a lo indescriptible. A esto, algunos chicos de la crítica brillante lo llaman moralismo, cosa que no he entendido en mi vida, porque ellos lo aprendieron de sus abuelas, mientras que las gentes como Rafael Chirbes y los protagonistas de Crematorio no conocen ninguna moral como no sea la frustración de no haber llegado más lejos. ¿Habrá algún día quien cuente que si no fuera por escritores como Chirbes buena parte de nuestra literatura podría pasar por andorrana? Algo así como una variante del antiguo duralex; para todos los usos y todos los gustos.
Después de leerla, la volví a leer. No recuerdo haber hecho lo mismo antes con otras narraciones. Fue un acierto. Pude disfrutar algo más ligeramente puesto que cada página ofrece un concentrado introspectivo poco aconsejable para lecturas pasajeras como fueron las idas y vueltas del Metro: ¡cosas de nuestro tiempo! Además termina por donde empieza por lo que su relectura es un continuum muy realista: El funeral de Matías (un revolucionario, reciclado en las filas del PSOE en su retiro costero, nuevo gurú de la agricultura ecológica) al que acude su hermano Rubén, el constructor sin escrúpulos, un bon vivant culto y refinadísimo, torturado por lo que considera una vieja traición familiar. Me quedo con su anatomía de la familia. La red de monólogos que teje entre sus miembros describe inmejorablemente (o casi) la injusticia íntima de sus relaciones, la familia como forma de ejercicio de los valores de la propiedad, se nos dice en la contraportada…

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Crematorio de Rafael Chirbes: la hoguera de los escritores



"Así dicen los grandes directores de orquesta que hay que tocar a Beethoven, a Brahms, a Schumann, eso es el trabajo bien hecho, la música como tal, sin más, sin esos subrayados que la mayoría de las veces sólo sirven para encubrir carencias, la música sin efectismos. El genio suele ser un farsante que disimula sus deficiencias con la ampulosidad de los gestos. Por lo demás, alguien que, en el fondo, en vez de trabajar, se dedica a ejercer como relaciones públicas, a rodearse de una corte de exégetas que crecen en torno a él, haciéndolo crecer a él. Halagar a mecenas, a galeristas, a periodistas, a banqueros que desgravan impuestos a cambio de colgar cuadros en un bajo con ventanillas y mostrador de atención al cliente; a cambio de financiar conciertos, de crear patronazgos de esto y aquello, eso es lo que te otorga el estatuto de genio, que te tengan ellos en el catálogo."

El giro moderno que tomó la novela española en los 80 coincidiendo con "La movida" me apartó de su lectura por mucho que "El País " naciente pretendía vendernos nuevos valores despegados de la caspa nacional. Ya vemos en que ha devenido el diario independiente de la mañana, hoy global: defiende su emporio cultural y sus intereses industriales por encima de éticas periodísticas, con prácticas gansteriles que ponen bajo sospecha las pretendidas ínfulas de su intelligentsia. Ello unido a que mis lecturas y empeños han sido ajenos al llamado terreno de la ficción han hecho de mí un perfecto ignorante de las bendiciones de su propaganda oficialísima. Mis pequeños descubrimientos han obedecido a otras vías más particulares, en ocasiones un tanto curiosas.
Tal es el caso de mi hallazgo de Rafael Chirbes. Cuando a principios de este nuevo siglo respondía a mi profesora de Alemán del Instituto de la calle de Zurbarán de madrid que no leía a ningún escritor español porque no me interesaban no lo decía superficialmente. Esta señora que hablaba la lengua de Goethe con la excelencia de Hannover (el equivalente a la del castellano de Valladolid) nombró a Rafael Chirbes arrobadamente. A nadie más, por cierto, pero su admonición, mereció la pena. Llegado el verano leí de seguido Mimoun, En la lucha final, Los disparos del cazador, La larga marcha y La caída de Madrid. Siento que después no terminara de leer el resto de su obra: La buena letra, sobre todo, o Los viejos amigos. Tal vez acabé algo saturado por el fresco que componía en su “trilogía” (en realidad, en todas sus novelas, no sólo las 3 primeras a partir de La lucha final), ahora no dudo en que suponee el más logrado esfuerzo en retratar a la gente de su generación y a la España que él ha conocido desde su nacimiento a fines de los 40.
No recuerdo ya si pertenece a La larga marcha o a cualquiera de las otras una escena que personalmente encuentro como el mejor resumen de la lucha antifranquista o cuando menos toda una estampa para entender debidamente los milagros y chascos de la transición. La recreo improvisadamente (mis excusas para el autor):
Un grupo de estudiantes pertenecientes a la alta burguesía conspiran contra la dictadura ante la complaciente hospitalidad –incluido té y pastas- de sus mayores, escépticos, ya que ven más como un juego de niños, esas reuniones, y para nada amenazantes o peligrosas: como lo van a ser si no falta el hijo del ministro tal, del banquero X o de la familia de más ringorrango…Todas esas perfectas y paralelas sobremesas de sociedad se rompen una buena tarde por un solo detalle que no encaja. Una de las visitas, una marquesa latifundista de Badajoz, ha reconocido sin duda ninguna a uno de sus peonzuelos entre los chicos del salón. La reacción no se hace esperar, su indignación no admite remilgos: ¿Qué hace entre sus cachorros aquel obrero llegado a la capital después de abandonar su cortijo!! ...Evidentemente, allí se consumaron aquellas conspiraciones de salón.

(Mañana hablaremos de Crematorio, paciente lector)
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Cuatro cuestiones para Rafael Chirbes:
-¿Qué ha aprendido con Crematorio, y qué cree que aprenderá el lector?
En esta novela intento llevar al límite lo que empecé en las dos novelas anteriores (La caída de Madrid, y, sobre todo, Los viejos amigos): demoler todos los lenguajes con los que nos hemos construido, descubrir que son -en palabras de Victor Hugo- postizos que ocultan lo real. Lubricantes, consoladores. Mis guías en el viaje han sido Lucrecio y La Celestina, dos auténticas trituradoras del mundo que les tocó en suerte.
-¿La realidad es tan desoladora como su novela?
Hemos perdido la idea de participar como alfareros del mundo. Son otros los que lo están haciendo a su monstruosa medida, y nosotros lo vemos desde fuera, ni siquiera atónitos: más bien entre pasmados y asustados. Cualquier idea de razón, de justicia, de equilibrio, o valores como la fidelidad y la bondad, han sido sepultados en la práctica. Jamás había tenido una sensación tan grande de que vivimos en sombras, abandonados por los dioses, en un mundo ajeno. Debajo del paraíso contemporáneo, hay una escombrera y un lago de basura, o un cadáver cuyo hedor hay que tapar.
-¿Qué ha prestado de sí mismo a los personajes, a Rubén y Matías?
En realidad, todas mis novelas son, a la vez, un paseo por el entorno de Chirbes y una excavación en sus pozos oscuros. Cuanto más miro hacia fuera, más sale lo de dentro como un eco sombrío de esa música ambiental. Matías, Rubén, o los protagonistas malvados de Los disparos del cazador y de La caída de Madrid, me sirven como muro sobre el que estalla la fragilidad -y falacia-de mis buenas intenciones. Frente a la cháchara de los bienpensantes, el malo tiene una indigerible dosis de realidad. Es lo que hay, sin tapujos. Ahí, el modelo es ese inalcanzable Torquemada de Galdós. Quién hiciera un personaje así.
-¿Teme la respuesta de la crítica?
Escribo de lo que puedo, de lo que -ni yo mismo sé por qué- se me impone. Qué le voy a hacer. Tengo mis fantasmas. Vivo solo, escribo a solas, me reconcomo, dudo, me convenzo de mi torpeza, y salgo por donde puedo en esto de la literatura. En Crematorio se me ha escapado el horror de que nada de cuanto he -o hemos- hecho haya servido para nada. Me dan mucho miedo todos esos muertos sin herederos en los que nos hemos convertido. Las únicas semillas fértiles parece que las ha plantado el diablo.