domingo, 17 de noviembre de 2013

A LAS 6 DE LA MAÑANA EN LA PLAZA ELÍPTICA


Cada mañana en la plaza Elíptica de Madrid se repite la escena. Llegan los empleadores, usaremos este técnico eufemismo, para elegir mano de obra barata. Aunque les llaman "los pistoleros", ya que con sus escrutadores ojos y el brazo extendido eligen apuntando, como en las plazas de los pueblos andaluces lo hacían los caciquiles señoritos al señalar a los lugareños más idóneos para las faenas del campo. En los años del ladrillazo las furgonetas proliferaban frente al bar Yakarta, exótico nombre para recibir a los sin papeles de otras tantas latitudes: África, América y la Europa del Este. En el aledaño barrio de Carabanchel ha cerrado el otro castizo Yakarta después de décadas sirviendo el mejor marisco de la zona. Aquí, las gambas llevan gabardina para combatir el frío mañanero, y en cuanto a las del aperitivo del domingo, algunas están de negro luto.
La plaza Elíptica lo es geométricamente, claro. Y también conceptualmente, puesto que añade la virtud elíptica de que sea más conocida así que por su verdadera denominación: Fernández Ladreda. Nomenclatura, que a su vez es elíptica: falta el nombre. Su inserción en un tradicional enclave obrero podría convencernos de que el elemento elidido es Baldomero, un guerrillero asturiano ejecutado en la posguerra a garrote vil. Por contra, el sentido común del callejero madrileño me orienta hacia un ministro de Obras Públicas franquista.
Especialmente en el lenguaje cinematográfico la función de la elipsis es más agradecida y acertada. Hace posible que una vida entera no necesite otra vida paralela para contarse. Si el protagonista se acuesta y acto seguido amanece y se despereza, por lo general habremos de entender que ha dormido las horas reglamentarias sin el cansado seguimiento, ni ayuda de ningún cartel explicativo. Aunque cineastas hay también que nos quieran mostrar enteramente amaneceres o las variaciones de la luz del membrillo.
Las entradas biográficas de una enciclopedia a la fuerza son también elípticas. Veamos esta de la wikipedia: "Empezó su carrera en un equipo de su país, el Kadji Sports Academy, y en 1996 fichó por el Real Madrid B..." Se refiere al futbolista africano de mejor currículo: Samuel Eto'o. Si bien su negra piel no cuajó con el color merengue, ese "fichó" puede obviar cualquier zozobra en su traslado europeo a manos de intermediarios sin escrúpulos. No es el caso, ya que sus sinsabores fueron muy futbolísticos, y no le impidieron continuar su veloz progresión.
En las películas de misterio, policíacas, el llamado género negro, al espectador se le oculta en el momento del crimen al asesino por culpa de un objetivo desenfocado. Esta otra elipsis (objetiva) es muy habitual también en el mundo depredador de los cazatalentos, que mediante engaño, rapiñan a niños tercermundistas, como en tiempos de la esclavitud. Y rara vez los focos de la fama se desvían de las estrellas prestando atención a estos numerosos dramas.
A menudo los relatos más impactantes se construyen en primera persona. Desde el Lazarillo a las confesiones de Rousseau. De este modo, la que no muestra la cámara o la pluma obedece a la ignorancia del narrador. La elipsis subjetiva.

A las 6 de la mañana en la plaza Elíptica no he visto jamás a Eto'o, pero sí a tantos marfileños, malíes, senegaleses o de su propio país. Uno de ellos, Alassane Diakité, ha vencido los miedos y tinieblas de un "ilegal"  para denunciar a los traficantes de sus sueños a través de Change.org. "Con 15 años vino a verme un hombre que me prometió que podía convertirme en una estrella del fútbol en Europa. Mis padres invirtieron todos sus ahorros... Pero cuando llegué a Francia, en lugar de llevarme a un estadio de fútbol, me metieron en un sótano durante meses, sin ver un balón".
Aunque la FIFA prohíbe que los clubes europeos contraten a menores fuera de Europa, sus agentes han traído fraudulentamente unos 20.000 chicos africanos.

Acabemos con esto. Pídele a la UEFA y a la Real Federación Española de Fútbol que adopten un Código de Conducta contra el tráfico de menores en el fútbol, al que se adhieran los equipos europeos. (Es la petición de Alassane Diakité a través de la referida organización).
Aún existe en la sociedad del éxito una elipsis mayor. Es la que plantea la película de próximo estreno, "Diamantes negros", con denuncias como la del joven malí. A quienes resulta que, como él, no son el nuevo Eto’o o el nuevo Drogba, se les abandona a su suerte en un país extraño, lejos de sus familias y sin dinero. Sin embargo, todos los focos se dirigen a los campeones. La hierba brillante del Bernabéu nos atrae más que la negra oscuridad de la plaza Elíptica a las seis de la mañana.

domingo, 10 de noviembre de 2013

LA BANALIDAD DEL MAL

Recuerdo a mi padre asistiendo ya muy mayor a los partidos de fútbol. No me acompañaba, en cambio, en su edad activa. Alguna vez que otra aplaudía como un gentleman. Y lo único que lograba sacarle de sus casillas eran los insultos de la gente al árbitro de turno. Siempre los mismos. Ya saben, sobre todo esos que mientan a sus madres, las que prudentemente no suele acompañar a sus hijos en ese trance. Mi padre no compartía su gratuidad y nunca le parecieron justificados. Lo mismo que por un asesinato te pueden caer 30 años y en una guerra por mil te condecoran, en un campo de fútbol si alguien injuria a una persona puede ser denunciado, pero a cien mil gargantas les sale gratis vilipendiar al colegiado.
Freud habló de la civilización y sus descontentos. Aunque la duda sería saber si quienes se desgañitan de ese modo en el estadio no pertenecen, en realidad, a un estadio anterior a la civilización. A ello responde que el fenómeno del fútbol haya sido visto como las guerras modernas del siglo XX. A falta de soldados gloriosos, no quedan otros héroes que los que corren en calzones tras el balón. Sirve el fútbol como desfogue, como compensación más que como espectáculo: hay aficionados que invariablemente lo toman como lo primero. Buscan el ambiente más exaltado como las cucarachas y chinches la húmeda oscuridad.
La crítica más académica sienta el canon de que el deporte rey favorece la violencia. Olvidan estos clásicos que los sports, incluido el foot-ball, nacieron y solo lo practicaban las elites sociales. Un sportman era un caballero y la competición no desataba la violencia, porque los juegos tenían unas normas concienzudamente elaboradas en las que el honor, no era aquel caduco de los dramas de sangre de Lope de Vega, sino instrumento para lubricar las victorias y las derrotas.
En una sociedad a veces violenta como la estadounidense el fútbol no ha prendido ninguna mecha, porque les parece un juego bastante anodino, con apenas picos de interés. Y no les falta razón. En cambio, en el mismo continente el fútbol ha dado lugar a episodios violentos y matanzas como la de Lima en un Perú-Argentina en el 64, o la llamada guerra del fútbol, descrita por Kapuściński, entre Honduras y El Salvador. ¿Es culpable el fútbol?
El automóvil o la televisión, ahora Internet, son otros tantos inventos cuyo éxito parecen la causa de todos los males. ¿Intrínsecamente son perniciosos? ¿Habría que talar los bosques para evitar los incendios, o prohibir la circulación para evitar los accidentes, o arrancar los cables para evitar la vulgaridad? En la guerra de Vietnam, en las guerrillas de Latinoamérica esa fue la sucia política de guerra: vaciar la pecera para que los peces no respiraran. Y no pudieran colaborar con el enemigo.
Es también como si los estadios tuvieran la culpa de haber servido de escenario para la tortura y ejecuciones en Chile, en China, en Afganistán y otros regímenes islamistas. Entonces, la antigua plaza de toros de Badajoz, la tendrían que haber derribado muchísimo antes, y no por borrar las huellas de la dichosa memoria histórica, sino porque allí fueron asesinados cientos y hasta miles de inocentes por las tropas de Yagüe.
El libro, que fue tesis, de Báez Pérez de Tudela, "Fútbol, cine y democracia. Ocio de masas en Madrid, 1923-1936", rescata ejemplos inéditos de ciudadanía en las procesiones dominicales hacia el nuevo Metropolitano o Chamartín. El célebre mitin de Azaña en el campo de Mestalla sirvió de ágora para la palpitante y recién estrenada democracia española.


Franco con un gol de Marcelino derrotó 2 a 1 a la Unión Soviética al grito de "Rusia culpable". Cierto, con la complicidad del fútbol. Como Videla en el 78. La Italia de Mussolini utilizó a su squadra azzurra para la conquista de los mundiales del 34 y 38. Resultó propaganda más efectiva que su espantosa participación en la batalla de Guadalajara.

Esta semana la selección española jugará en Guinea Ecuatorial, uno de los regímenes más corruptos, un amistoso. ¿Debería no hacerlo? Dónde poner entonces el listón, teniendo en cuenta además que la imagen internacional de España en esa misma materia no resplandece, precisamente.
El fútbol es espejo aumentado de todas estas banalidades de los poderosos. Que, por otra parte, mantienen relaciones interesadas con cualquier dictadura del globo. Cómo pedirle  ejemplaridad al fútbol si quienes lo rigen no se mueven muy lejos de aquellos.

lunes, 4 de noviembre de 2013

SEÑAS DE IDENTIDAD



Cuando el fútbol se debatía entre el fútbol aficionado y el profesional, los juegos olímpicos ocupaban el universo del primero hasta implantarse los Mundiales y acabar con la impostura de un amateurismo ya inexistente. El Reino Unido, inventor del juego, no mandaba a los profesionales de sus ligas. No pasaba lo mismo con la Europa continental que jugaba con cierto retraso aprovechado.
En 1920 la recién bautizada furia española alcanzó la plata en Amberes. Causó mucha impresión "El a mí el pelotón, Sabino, que los arrollo" de Belauste. Tanta, que ha marcado el lánguido devenir de la selección nacional hasta hace poco. Se tomaba el fútbol "físico" y con garra norteños como señas de identidad. Toda una sinécdoque en una nación permanentemente sin hacer.
Otro error. La ficticia unidad peninsular en torno a la catolicidad común de los reyes de Castilla y Aragón y su supuesta lucha hermanada frente a los moros. Él mismo Ortega, sospechaba que no puede llamarse reconquista, ¡lo que duró ocho siglos! El autor de la España invertebrada y sus hermanos mayores del 98 veían a España como problema. Un problema secular que ni la federal alemana, ni el Reino Unido de la Gran Bretaña con escoceses e irlandeses, ni los franceses con bretones, corsos, etc., han gastado el tiempo en plantearse.
No me extraña por tanto que encaje un brasileiro en la selección, como bien lo han hecho tanto sudamericanos que le han precedido. El argentino Rubén Cano nos clasificó agónicamente para el Mundial de Argentina y Marcos Senna, otro brasileño, inteligente y señorial, nos encaminó hacia la senda de los laureles. Lo difícil ha sido la convivencia bipolar de madrileños, catalanes y vascos, y aún otras periferias y singularidades locales, bajo la misma bandera.
Los del 98 tomaron la esencia de Castilla, su ideal platónico y estético, como argamasa peninsular. ¡Ay, le falta a esta raza ibérica, la república portuguesa del comandante Ronaldo!
Clemente, fino jugador malogrado, tomó la furia de Belauste como identidad seleccionable y también fracasó. España no era eso. España sigue siendo un país de bajitos chillones, aunque no exentos de genio. El de un manchego, Iniesta, con un Xavi de Tarrasa, Hernández charnego. La garra de Puyol catalán junto al andaluz Ramos de Camas. Etcétera.
Nombres, nombres, que diría Ockham, y que el fútbol ha sabido juntar allí donde antes solo había fracaso e incredulidad. Contra la imagen más tópica, el fútbol, un deporte colectivo y práctico, pone gramos de sensatez, en cambio, en la política faltan toneladas.
Los equipos también buscan sus supuestas esencias. Hablaré de mis vecinos de Anduva. El Mirandés padece, en todas las esferas, los problemas de crecimiento. Me dicen los patas negras de la ciudad del Ebro que la gente está nerviosa porque están perdiendo las señas de identidad. ¡Y qué paradoja! Se lesiona, justo un eibarrés, cedido del Athletic, Galarreta, un prodigio de sentido técnico y de fragilidad física. Ocurre, que en el fútbol norteño a semejanza del inglés, no están reñido el juego directo, aéreo, la presión agobiante, con los jugadores inteligentes que ven los espacios y el toque. El tolosarra Xabi Alonso, sería la síntesis.
Hubo que enterrar con siete llaves la metafísica de las esencias, su regüeldo tomista y acudir a la Inglaterra futbolera en busca de espíritus más pragmáticos. Afilar la navaja de Ockham, desechar las abstracciones identitarias en beneficio del experimentalismo (ensayo y error) de Roger Bacon, o del padre del empirismo, otro B
acon, del utilitarismo de Stuart Mill y Bentham (¡el cálculo de la felicidad!) y de Hume, ya hijo de las Luces.
¡Cuánto daño nos ha hecho la leyenda de la furia española!

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Todas las columnas de este octubre veraniego, nada revolucionario, aquí:


viernes, 4 de octubre de 2013

Una visión insólita de la justicia y del derecho

EL CLUB 20.
 Tuve un catedrático de Derecho Administrativo en Zaragoza dispuesto a demostrarnos  cuánto podíamos llegar a aborrecer nuestra afición favorita, si la dejábamos en sus manos como materia jurídica de sus clases. En concreto, el derecho deportivo. Este perspicaz jurista, el profesor Bermejo Vera, pergeñó en su despacho el famoso decreto anti-Porta. Los más jóvenes desconocerán al personaje Pablo Porta, pero este señor fue presidente de la FEF en la transición, con elecciones a las que solo se presentaba él, así que resultaba democráticamente inamovible. Esa sensación la aumentaba todas las noches un auténtico reyezuelo de las ondas, el periodista José María García, que le trataba con gran familiaridad, "Pablo, Pablito, Pablete". Acompañados de cariñosos apelativos, extensibles a todos los dirigentes del fútbol mundial, que no parecen haber cambiado mucho: estómagos agradecidos, abrazafarolas, chupópteros, emperadores del comer y catedráticos del beber y otros tantos de este simpático jaez.
Bermejo Vera elaboró aquel instrumento jurídico para echarlo de la Federación. Un portazo reglamentario a Porta, si se me permite el burdo retruécano facilitado por su apellido. No era ni ha sido el único decreto conocido públicamente por un notorio apellido. Aunque las normas, a diferencia de los actos, deban redactarse atentas al principio de generalidad, de manera que regulen supuestos generales y futuribles y no se  dirijan a personas y situaciones concretas de modo fraudulento; la tradición legislativa española desdice esta pulcra técnica. A muchos menos les sonará el decreto-ley Aranda. El que fuera dominador de Asturias pedía la monarquía juanista, una vez acabada la guerra. Esa ley tuvo el efecto fulminante de pasar al general Aranda a la reserva. Contraviniendo lo explicado en las aulas, nuestro querido profesor Bermejo se inspiró en la tradición, que como se sabe, es la piedra angular del derecho. Y si me apuran, de la civilización.
Lo que sus alumnos desconocíamos del todo era su frustrada faceta de portero de fútbol. Una buena mañana de los ochenta en la contraportada de El País aparecía su foto, bajo la portería de un vacío estadio, con corbata y sus gafas de pasta. Encima, un titular: "Mi padre no permitió que me fichara el Barça porque decía que el fútbol es el opio del pueblo". O algo muy parecido. Un opio, que el entorno supremo del fútbol no quiere que se sujete al ámbito del derecho administrativo, para bien de los estudiantes, futboleros o no, y de la felicidad global.
El descenso administrativo del Guadalajara la última temporada consiguió por una parte enojarme, dadas mis simpatías por la afición alcarreña y el trabajo bien hecho de su entrenador Terrazas. Pero tuvo la virtud de que desempolvara los viejos manuales de García de Enterría, ilustre jurisconsulto, fallecido hace apenas unos días. Entre el desconcierto general, al que las noticias de la prensa ayudaban mucho, su primer tomo firmado junto al profesor Tomás-Ramón Fernández, me recordaba la inmediata eficacia de los actos administrativos. Por tanto, las decisiones de la Liga Profesional son eficaces, una vez  notificadas o aprobadas por el superior jerárquico, esto es, el Comité Superior de Deportes. O que los recursos no suspenden de suyo, sino muy excepcionalmente, la ejecución de los actos impugnados, cuando pudieran causar perjuicios de imposible o difícil reparación.
Ítem plus, esta pasada semana, dado que Castilla es ancha, nos enterábamos con incredulidad, de un posible devastador efecto mariposa. El simple aleteo de un nuevo Salamanca se puede sentir al otro ancho lado de Castilla, conforme al sorprendentemente atinado proverbio chino. La toda poderosa FIFA, que junto al COI, son tan  refractarios a la acción del Derecho como el viejo clan de los hermanos Malasombra, amenazan con expulsar a la federación castellano-leonesa y a la española del Olimpo redondo, si no se saltan el capítulo de la Constitución que obliga a "cumplir las sentencias y demás resoluciones firmes de los Jueces y Tribunales". Aplicar el perverso ordenamiento jurídico español, a juicio de Blatter, hasta nos podría dejar fuera de Brasil, a pesar del mérito constitucional probado de Iniesta, de Casillas y del portero suplente.
Difícil elección entre la razón y el circo, ya que la FIFA, que no es filfa, es la dueña del circo mundial.
EL ODIOSO JUGADOR NÚMERO TRECE
Aún mayor que el sentimiento de justicia lo es el de injusticia.
"Eso en injusto". Por tanto, el filósofo descreído se pregunta: ¿qué es justicia? Un grito destemplado, un golpe seco sobre la mesa que denuncia subjetivamente la situación personal vivida como injusta. Cuando la subjetividad es la masa no cambia nada. Refuerza su sentimiento con más convencimiento. Somos una comunidad emocional, a ver quien es el valiente que advierte que el árbitro cuando pita en contra no siempre se equivoca.
En un mundo feliz no haría falta árbitros. De hecho, en la infancia no los hay. En el fútbol callejero de nuestra nostalgia por no haber no había ni porterías. Tampoco existía el fuera de juego con lo que nos ahorrábamos dos árbitros más. Aunque el portero, verdaderamente vivía muy fuera de juego, como algún otro gordito defensa o delantero centro, si se lo permitían y aprovechaba como caído del cielo el balón que con solo rozarlo acabaría rebasando la imaginaria puerta contraria. Tan imaginaria como el larguero que tenía la virtud de bajarse, a juicio de los defensas, ante un chut enemigo, o levantarse, cuando aquellos hacían de atacantes. En todo caso, lo hábil era disparar raso, pues rara vez se concedía un gol que sufría el mal de altura.
Basta de añoranzas, tan prolijas en los correos y líos de Internet. En el mundo de adultos hay árbitros como hay inspectores de Hacienda, debido a que nadie rasca su propio bolsillo sino tiene un pistolón, así de figurado, frente a su jeta.
De todas maneras, es buena la figura del árbitro. Si no, a quién echar la culpa de nuestras propias derrotas. El odio al árbitro también refuerza al grupo. Une mucho la muta. Desde el quiosquero hasta los que están arriba de los medios, sirve para que el televidente tenga de que hablar los jodidos lunes en la oficina; sirve para que el especialista, subido al púlpito que le presta la radio o televisión de turno- ¡joder, pero si es un odiado exárbitro!- carraspee para ofrecernos el registro más grave de su voz; sirve para que el hincha que conocemos fuera del estadio, expulse todos sus resentimientos pretéritos y futuros.
Y pienso, con la ayuda de Hobbes, que el hombre es una lengua viperina para el hombre. (Menos mal que el no del todo bien entendido autor no se acordó de la mujer). Las decisiones del árbitro son pasto de discusión. En nada ayudan los jugadores, que como rubios querubines se hacen los suecos, incluso antes de oír el silbato. Por momentos, el fútbol me parece un juego que infantiliza, sus protagonistas tienen la malicia de los niños, que no es maldad sino egoísmo. Lo malo es que los engaños de los futbolistas enciscan a los adultos, que se faltan al respeto y se dejan de hablar por esas niñerías.
Sin embargo, el fútbol no muere, ni se mueve. Ofrece cabezas de turco igual que el sistema. Alimenta al poder que le necesita inseparablemente. Por algo es una cuestión de estado donde no faltan todos sus gerifaltes. Desde el patán al más grande patán.
El árbitro es válvula de muchas frustraciones, incluidas las de ellos mismos, que nunca supieron meter un gol, por falta de puntería o exceso de michelines. En cambio, metidos en su papel la cosa funciona. En inglés se llaman referé, que quiere decir que son la referencia, además la única referencia porque son inapelables. Esto va contra todas las garantías, pero el juego dejaría de ser un juego si invocamos las formales garantías. Dependemos de un único juez que quizás sea abstemio, lo que jamás debería permitirse en las buenas tierras del Ebro y del Duero. ¡Que le vamos a hacer! No dramaticemos y no tendremos que llegar a aplicar los convenios de Ginebra.
Al aficionado se le representa como el jugador número doce, el imaginario dorsal del colegiado es el odioso número trece. Ya que también juega. Lo hace, a su pesar, como cabeza de turco en un mundo irremediablemente injusto.
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http://iusport.com/col/95/blas_lopez_angulo____/
En esta web, podéis contextualizar mis artículos con el affaire de la FIFA y el arbitral.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Pero...¿Hubo alguna vez once futbolistas de izquierdas?



"Haga usted como yo, no se meta en política". Auténtica retranca gallega, ya que para los más jóvenes que no reconozcan al autor de tan celebrada contestación habrá que recordar que el gallego militar contraviniendo sus obligaciones profesionales no solo se avino a poner fin a un orden constitucional legítimo por la fuerza, sino que condujo los destinos de esta triste patria durante 40 interminables años.

En el mundo del fútbol tal consejo se obedece más si cabe que las consignas de aquel caduco régimen. Y lo peor aún, se ha interiorizado sociológicamente dentro del ambiente general como un estrago más dentro de un país en el que los hábitos democráticos, hablamos pues de derechos y libertades fundamentales, no han cristalizado jamás.

Existe un clamor general contra la contaminación de la política en el fútbol, la senyera (un símbolo oficial), causa ardores de estómago y casi bélicos, como equipación deportiva del Barça fuera de su estadio en muchos de los apacibles aficionados contrarios. Sería más prudente, es mi opinión, que pasara a ser el primer uniforme en el Camp Nou, posando el grueso de sus jugadores criados en La Masía para la foto al baile de una sardana o formando un no peligroso
castellet que no menoscabe el once inicial. Para sus desplazamientos, no estaría de más invertir el protocolo y vestir sus tradicionales colores blaugranas, puramente deportivos y aceptados con total normalidad en el interior peninsular.
No se entienden las banderas bukaneras, republicanas y sus pancartas y proclamas en el campo de Vallecas, pero sin embargo han proliferado con "naturalidad" banderas con el águila y cruces gamadas en los fondos del Bernabéu, además de las onomatopeyas racistas.

Queremos disfrutar del fútbol como de niños cuando solo es un juego, pero ya ni para ellos lo es por culpa de sus padres y porque ha devenido en las últimas dos décadas en un gran negocio.

Se puede opinar de política en la barra de los bares, salvo que en las tabernas más castizas vuelvan a colgar ese viejo cartel escrito en tiza: "Se prohíbe cantar, blasfemar y hablar de política"; te pueden soltar un sermón de aquí te espero cruzando La Castellana en taxi, pero el fútbol, en cambio, ha de permanecer inmaculado con las galas infantiles de la primera comunión en los estadios o en las interminables charletas, chácharas televisivas, donde nunca ponen el cartel de FIN como acostumbraban las buenas y viejas películas.

Se pueden, en FIN, llenar de políticos los palcos, conversar entre puros y copas sobre recalificaciones de terrenos con las autoridades, aplazar o hasta condonar deudas tributarias (que son delictivas para el resto de los mortales), de la Seguridad Social (que a las pequeñas empresas arruinan) o avalar tus préstamos la propia Generalitat Valenciana, como es el caso   del Valencia o el Hércules. Pero prohibido hablar de política, que la política tiñe y lo dicho una sola vez no hay detergente que lo lave.

En este contexto, los futbolistas profesionales, que muchos son críos pero no tontos, aprenden rápido. Conocerían el salario mínimo solo si leyeran el BOE, cosa poco habitual entre ellos, algunos extranjeros lo multiplican ad infinitum, lo que no deja de ser todo un sarcasmo para los demás trabajadores inmigrantes que apenas lo rozan. Incluso la llamada Ley Beckham vino a apiadarse de estas esforzadas estrellas cuyo sueldo galáctico, comprendidos sus derechos de imagen y publicidad supera, a pesar de la que está cayendo, el millón de euros de nómina mensual, más de mil veces el salario mínimo interprofesional.

Tampoco me extraña que estas estrellas vivan apartadas de la realidad. Otro día contaré lo que he podido saber de algunos de sus clanes familiares. En general, el fútbol propicia una atmósfera de autorreferencialidad -perdón por el superpalabro-, de la que se alimentan también los aficionados.

Y la próxima semana contestaremos a la pregunta del encabezado. Me temo que hablaremos de política.

Y así fue:
ALGUNOS FUTBOLISTAS DE IZQUIERDA
1Sollier 2 Uranga 3 Cappa 4 Ippig 5 Gª Reis 6 Sócrates 7 Ramos 8 Mekhloufi
 9 Lucarelli 10 Tamburrini 11 Caszely
De no ser porque el periodista Quique Peinado sacó esta primavera lo más parecido a un censo mundial -extraordinario trabajo el suyo- de tan rara avis resultaría de lo más arduo contestar la pregunta que les proponía en mi columna del sábado anterior. Les refresco la memoria: "Pero...¿hubo alguna vez once futbolistas de izquierdas?".
Mi amigo, el también periodista Alfredo Grimaldos, que debe su propio nombre a su padre y a don Alfredo di Stefano, me puso tras la pista de algunos...Ya que haberlos haylos, lo difícil es sacarlos del armario, como veníamos a decir, por razones obvias o más que sobreentendidas la semana pasada. Un ejemplo de los que me citó fue el excelente medio de los setenta Ignacio Salcedo (¿recuerdan aquel tridente, los tres puñales les llamaban entonces, del Atlético? Salcedo, Becerra y Gárate). Alfredo coincidió con él alguna noche de farra y pudo comprobar como ambos cojeaban del mismo pie. Sin embargo, no he hallado ninguna referencia pública  de su izquierdismo en el ojo del gran hermano que es la cosa de Internet. Algunas pistas sí, hubo "caso Salcedo". Luego Salcedo era "problemático", además estudiaba, otra rareza en un futbolista para la época. Ni era el ojito derecho de Vicente Calderón ni tan siquiera de su compañero Luis Aragonés, que de la noche a la mañana pasó a ser su entrenador y no dudó en apartarlo. Olía a manzana podrida.
Pesa mucho el tópico del futbolista pijo. Para el entendido Ángel Cappa viven la trampa del ascenso social y de la fama, como plantas alejadas de su hábitat. "Toman las costumbres, el modo de hablar, los restaurantes, la ropa...de otra clase social". Además, su imagen plasma el sueño americano: sus flamantes coches también deportivos a la salida (o entrada) de los estadios, las novias de piernas no menos prometedoras, una familia precoz con rubios querubines saltando al campo de la mano de papá. Y jamás opinar de nada que no sea fútbol, fútbol, fútbol. El resto es tabú. Por algo sois el modelo de los críos. Ivan Ergic, un futbolista rojo que también escribe, subraya la ficción del jugador como personaje de Disney, como producto publicitario al que el fútbol profesional separa de la realidad.
Toca contestar a la autorrepetida pregunta de si hubo futbolistas de izquierda. ¡Claro que sí! El mejor Gento, sin duda, el mejor extremo izquierda del mundo. En la actualidad, la bala Bale. Algo tendrá el muchacho si tal como se está poniendo la vida hay quien pagar una cifra capicúa millonésima. 101. Aunque en libras el guarismo es menor.
¿Quieren más nombres propios? Pablo Infante, cuando era jugador de Segunda B, decía que todos los de su categoría. ¡Ay, pero hablamos de fútbol profesional! El citado Quique Peinado en su libro "Futbolistas de izquierdas" se ha molestado en ofrecernos una lista roja. Me quedo con Pahiño, el lector de Dostoievski en los duros años 40. Pero no insistan, les daré los de la foto y más: de la A a la Z: Afonsinho, Aitor Aguirre, Ardiles, Bazán, Breitner, Cantona, Cordero, Goran Eriksson, Koikili, Kortabarria, Mesonès, Poves, Oleguer Presas, Rocheteau, Sarriegi, Sindelar, Sorín, Thuram, Zampagna. Tomenlo como una muestra.
Hace unos días Bill Shankly, el legendario entrenador del Liverpool, hubiera cumplido 100 años. Una de sus muchas frases célebres es esta: “El socialismo en el que creo es aquel en el que todos trabajan por el mismo objetivo y todos tienen su parte de la recompensa. Así es como veo la vida. Así es como veo el fútbol”. 

jueves, 15 de agosto de 2013

La película del Mirandés


No es la relación entre el cine y el fútbol especialmente feliz. La mayoría de los intentos por plasmar la emoción del juego y la pasión de las gradas se han quedado en eso, intentos. Por lo que la conclusión casi ha llegado sola: el fútbol encierra en sí durante sus noventa y pico minutos la película con todos sus ingredientes. Una retransmisión plena de actores dentro y fuera del césped, emitida sin escatimar medios ofrece la mejor representación y escenificación de las posibilidades del género.
Más allá de Evasión o victoria de John Huston, que por mucho Pelé tampoco ofrece las posibilidades del juego, salvo alguna de Ken Loach (Mi nombre es Joe, o la de Cantona, Looking for Eric),  y aquí, la ya vieja de Once pares de botas de Rovira Beleta o Campeones (1987) sobre un niño y su padre y el Atlético de Madrid. Poco más.
Nick Hornby publicó hace más de 20 años Fever pitch, aquí traducido como Fiebre en las gradas y convertido con el paso de los años en uno de los libros de cabecera del buen aficionado. Se preguntaba el exitoso novelista por las claves del partido perfecto, las que equivaldrían a esos ingredientes indispensables para hacer igualmente el filme perfecto.
Para un hincha el partido ideal -según Hornby- es aquel con gran número de goles (nada más lejos para la conciencia del técnico, que concibe siempre los goles como errores de concentración, tácticos, etc.), una remontada, un árbitraje lamentable, que llueva a cántaros, penaltis fallados por el rival y patadas y expulsiones a mansalva.
¿Cuál sería el pathos? Los sentimientos incontrolados: el morderse las uñas nada más oír el pitido inicial del árbitro y sufrir hasta la taquicardia cada acercamiento del rival, cada pérdida de balón. La injusticia que encierra cada decisión arbitral en contra de nuestros colores, o no en contra del adversario. Lo que a su vez genera una corriente de odio alimentada por el juego sucio de algunos jugadores oponentes que canalizan todas las iras; los fondos clamando venganza, solo posible deportivamente con las explosiones de los goles, el éxtasis moroso y festivo de las celebraciones, o del gol, mejor en el último minuto, como la manida imagen del orgasmo, señal de la victoria.

Más en cambio, ¿en cuántos partidos de la proclamada mejor Liga del Mundo, según algunos medios tan interesados como ajenos al ridículo, se dieron todos esos alicientes en la última campaña? Un campeonato, que el Barcelona con la complicidad de Mourinho, dejó resuelto ya en la primera vuelta.
Por contra, la segunda división a pesar de no contar, obviamente con las estrellas galácticas reúne buena parte del agitado cóctel que hemos descrito. Empezando porque en la división de Plata los partidos no terminan en el terreno de juego. Se ha empeñado el señor Tebas, dirigente de la Liga del Fútbol Profesional, en perseguir con saña a los equipos modestos, sacando a relucir todos los amaños y fraudes que hasta la fecha habían campado  a sus anchas. Debemos agradecerle su esfuerzo por rescatarnos del tedio estival, que mientras los jugadores pasan más o menos felizmente sus vacaciones o entrenan sin las urgencias de la clasificación, el aficionado, o peor aún el directivo, se desayuna con la prensa enganchado a su tablet en busca de noticias propicias o, al menos, que no terminen por descargar los nubarrones del descenso administrativo, pérfida amenaza del día a día.


En este contexto tuvo lugar el anunciado descenso por el sr. Tebas del Mirandés horas antes de que terminara el plazo de su conversión en SAD. No contaba el oscense dirigente con que el club rojillo se defiende como gato panza arriba en la zona Cesarini. El mismo jugador que hace diez años, Iván Agustín, nos libró con su gol in extremis del barro de la tercera, su famoso lemonazo, protagonizaba junto al resto de capitanes, Pablo y Mujika, el compromiso de la plantilla para salvar a falta de cuatro minutos para la medianoche la caída en el abismo. No era justo que lo que tanto había costado mantener en el campo se perdiera porque el que había prometido poner la pasta no desembolsara un puñetero duro (o un jodido centavo, aborrecido Mr. Marshall).
Con esto, la película del Mirandés nos depara esa pimienta extradeportiva azuzada por el susodicho mandatario -un malo perfecto, ¡enfrentado en su rigor germánico! a la propia Federación-, el fantasma de una ciudad del reciclaje inversora con el misterio de un proyecto con exceso de porvenir. Decía el gran poeta Ángel González, "Te llaman porvernir/ porque no vienes nunca". Y por si fuera poco los jugadores compelidos a pasar a la acción, ¡pero como accionistas! El mundo al revés, el fútbol al revés. ¿Están haciendo historia los de Anduva también en su paso a la horma constreñida de las SAD?
Jugadores con compromiso, creciendo año tras año, pero cuya crecida a las orillas del Ebro se ha llevado docenas de directivos. Solo cuatro permanecen al frente en la parte noble de Anduva.Este mismo año triunfaba una película en Francia sobre el modesto Calais, finalista de la Copa del 2000, que desde la cuarta división francesa se merendaba a dos primeras en la tanda de penaltis, al Burdeos en semifinales y se adelantaba al Nantes en la final, en el mismo estadio de París donde dos años antes los bleus arrasaron al Brasil de Ronaldo 3-0 y recibieron la Copa del Mundo. La suerte que acompañó a los pequeños normandos en tal larga andadura, les traicionaba en los minutos finales: 1-2 y de penalti. ¡Qué crueldad! Es la magia amplificada de este deporte.
La eterna leyenda del David bíblico contra Goliat (otro condimento fílmico pues con ribetes clásicos) la reprodujo también el Mirandés, echando a otros tres primeras, Caneda en la zona Cesarini del minuto 93 que dio el paso a semifinales frente al más histórico rival del torneo en un estadio centenario antes justo también de ser derribado. Más no pudo ser. Pero la película continúa. Pupi Avati nos enseñó como la gran peli sobre el fútbol puede lograrse sin necesidad de mostrar un solo partido en un film precisamente titulado "El último minuto". El conjunto del Ebro ya ha acreditado cuál sería la mezcla perfecta. ¿Es que no hay guionistas en el cine español?

lunes, 29 de julio de 2013

EL FÚTBOL, PASIÓN, SENTIMIENTO Y MERCADO




Hasta el final persiste la incertidumbre en el proceso de la SAD del Mirandés, ya hace unos meses mi amigo Carletto escribía esto, y en esas seguimos. Lo mismo que en esa ocasión, hoy también sirve para introducir el texto que me acaba de mandar:
EL FÚTBOL, PASIÓN, SENTIMIENTO Y MERCADO
El protagonista de “Fiebre en las gradas“, basada en las autobiográficas vivencias del reconocido novelista Nick Hornby, derrocha toneladas de estoicismo hilarante como hooligan de su equipo de toda la vida, el Arsenal. Un ejemplo: cuando los gooners están a punto de ganar al Manchester en la Premier en dura pugna por el título recibe la propuesta de ocupar el puesto de jefe de estudios de la escuela donde trabaja. Pues bien, ante la incomprensión de su novia, también maestra, no duda en rechazarlo. No lo necesita, le basta con su mediocre sueldo para administrar su única pasión, el fútbol, y para sobrellevar su existencia. La ocasión de que su equipo tras 18 años reconquistara la Premier eclipsaba, incluso desde su personal punto de vista, el pequeño medro personal.
Si de las orillas del Támesis nos avenimos a las del Ebro, aunque en una escala menor la proporción puede que resulte mayor. Para el Mirandés ascender a la división de Plata "le ha llevado" más de 85 años -contando con que entrara en sus planes- y ya conocemos lo duro que es mantener a su humilde equipo, casi de pueblo, entre otros de capital de provincia o cuando no de urbes de la magnitud de Elche, Jerez o Gijón. No quisiera ni mucho menos con esto propagar ante las desgracias personales ninguna clase de nihilismo escapista, y mira que abundan en la economía globalizada, en la crisis sostenida por los tiburones del planeta.
Lo cierto es que el fútbol puede acaparar y hasta llenar el vacío existencial de nuestras vidas. La nada, la náusea sartriana, nos convierte en espectadores de nuestra propia peripecia humana. Qué otra cosa nos ofrece este capitalismo depredador, sino pasar a depender de esa mano invisible del mercado que de un zarpazo te deja fuera del ámbito habitual de actividad e interrelación.
Para un profano del deporte del balón redondo como yo, después de seguir las dos últimas temporadas del Mirandés, he de declarar abiertamente mi perplejidad. Por una parte, pensaba que tras casi ¡10 meses ininterrumpidos de Liga! ambas partes, la activa contratante y la contraparte contratante pasiva, por seguir el modelo delirante grouchiano, nos daríamos un descanso. ¡Qué va! Esto es un sinvivir. Ganada la supervivencia en agónica batalla de medio año, restaba otra más áspera y con recovecos inescrutables: la obligada conversión legal en SAD, cuyo proceso e
imponderables están todavía por llegar a su fin. La pasta siempre es lo último que se pone y parece que en este terreno hasta la penúltima jornada tampoco desaparecerán todas las dudas, que ya son zozobras esperando a Mr. Marshall. Hemos asistido como nunca a tardes gloriosas de fútbol al tiempo que se alimentaba una devoradora hoguera de las vanidades. De la directiva del ascenso no han quedado más que cenizas, algunas humeantes como las del presidente que se va tras largo tiempo publicitado, pero firma altas después de firmar su baja. Del vicepresidente, más gigante que delfín, que se había dado impulso, otra vez tercia la cosa de la pasta, y ha sido para anunciar su espantada. A punto ha estado de repetirse la asamblea del año pasado y terminar sin apuntador ni quien apagara la luz. El club de la epopeya copera y liguera en los estadios ha pasado por momentos a ser fuera de ellos el club de la comedia, o peor aún, el club de la tragedia. Milagrosamente, ya que de gigantes hablábamos, por suerte algún cabezudo queda dentro, vemos la bombilla encendida en espera del capitalista de turno con la pasta anónima por desembolsar. Deus ex machina.
Por otra parte, la continua sucesión de altas y bajas de la plantilla tampoco permite una tregua. Además, un tanto traumática para muchos aficionados como lo está siendo estos días. Si bien, el trasiego ininterrumpido de jugadores de un lado para otro viene a ser la norma dentro del fútbol profesional. Forma parte de la adicción, el fútbol es una droga dura de dosis diaria (dudo si está reconocida por la Organización Mundial de la Salud). Llaman la atención durante la temporada, esas entresemanas prepartido y pospartido aterradoramente monótonas e insustanciales, con los acostumbrados tópicos que alivian las derrotas y la fe del carbonero para conjurar la siguiente, con los efectos balsámicos de las dulces victorias, reflejadas en la cara de felicidad los lunes de vuelta al trabajo. Viva el capital y la alienación (¡o la esperada alineación de cada domingo!). En cambio, en pleno periodo vacacional, rara es la mañana que no desayunamos con el suspense trágicamente resuelto de una no renovación o la sorpresa incierta de una nueva incorporación. Es como el Panta rei, el todo fluye de Heráclito: el Ebro pasando por la ciudad, aún no siendo sus aguas nunca las mismas. Desde los puentes humanamente trazados contemplamos su cauce con sus remolinos, sus crecidas y estiaje, disfrutamos o nos sobrecogemos con su estampa como transeúntes, nada podemos hacer y sin embargo sabemos que el río encontrará el mar, aquí lo mismo que en mi Arno natal: "Dici che il fiume trova la via al mare", habrá meandros y presas, hasta guadianas como esta junta directiva interregna: "E come el fiume", como el río, el Mirandés llegará a su afición triunfal como merece, con su escudo aún más relumbrante cosido a su camisola, con una estrella ganada en buena lid sobre los campos modernos de Marte. Las aguas se renuevan, el Ebro empero continúa llamándose Ebro, y Anduva, siempre nos quedará Anduva, amigo rojillo.



 
Por eso, ¡o no!, la nave va. Otras naufragan, las noticias no paran, da igual competición o no mediante, El Marca vende, los periódicos no deportivos también (menos, pero más deporte). Amenazas de expulsiones por fraudes varios: hay dos equipos "22", lo que es a todas luces una situación anómala, lo es más desde el punto de vista jurídico; y bastantes partidos amañados por las apuestas. El fútbol a la italiana. ¿Veremos en este país descender alguna vez al Real Madrid? Pelotazos no faltan según la Unión Europea.
El fútbol como consumo democrático. O más bien, gracias a la vía del plasma (tan querida por Rajoy, nuestro presidente popular que no llega a fin de mes -¿o era la Esperanza?-, una vez retirados los sobres), ya que las entradas en taquilla no bajan su glorioso caché para seguirlo en directo. Pasión, ceguera, culebrón y asunto del todo opinable. Muy democrático. Una vez osé criticar amistosa y privadamente un cambio al bueno de Carlos Pouso desde mi retiro en la Toscana. La esperada respuesta llevaba la chispa de su genio harto famoso en los medios, comenzaba así: "Vosotros los que entendéis y no entendéis..."
Este profano aprendiz de tifoso procurará no olvidar nunca más su condición de entendedor y no entendedor de los arcanos del deporte rey. Recién llegado a Miranda, antes de los calores del rigor veraniego, desde el viejo puente de piedra miro río abajo hacia Anduva y observo que eppure la nave si muove, Carlos Lasheras que cogió en tercera este barco sigue remando porque después de que Pouso con su fiel tripulación alcanzara la orilla, no se fía y como el Ulises de Cavafis no descansa hasta llegar más lejos, siempre más lejos. Más lejos, siempre más lejos.

(Publicado hoy en la edición burgalesa de EL MUNDO:
 http://www.elcorreodeburgos.com/noticias/2013-07-29/el-futbol-pasion-sentimiento-y-mercado)