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miércoles, 16 de junio de 2010

War Culture, la política de Zapatero

Rafael Chirbes en su última novela CREMATORIO radiografió como nadie lo ha hecho la sociedad del ladrillo española de estos años atrás. Una fiebre del oro-cemento que cegó lo mismo a gobernantes que al más gili de los pringaos. El pasado mes publicó un artículo en el más prestigioso diario alemán, que la prensa de aquí no ha reproducido. Hoy, hablando con el gran escritor Antonio Ferres, me ha dado una pista del porqué. En Madrid, desde el 39 a fuerza de fusilazos, traiciones como las de Besteiro y Casado, sí Antonio, o como sea, no se ha vuelto a recuperar la dignidad, ni mucho menos la de la palabra, que es un don divino. Os paso el original del artículo de Chirbes en este enlace:
http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=3405
Como por suerte o por desgracia conozco a otro Antonio, Antonio Ortiz para más señas, no tan bueno como Machado o Ferres en todos los sentidos de la palabra, voy a reproducir algún párrafo del texto recomendado. Cuando menos por un motivo, a saber: que vista la molicie reinante (no veáis aquí, o allá vosotros, una alusión sobrevenida al Borbón, eso eran cosas de Bergamín) ni siquiera os acerquéis a dicho texto.

"(...)En pocos minutos se venía abajo todo el armazón ideológico sobre el que se ha sostenido durante seis años esta variante contemporánea de la socialdemocracia, que se ha creído a salvo de los avatares económicos, gracias a una estrategia por la cual los problemas de la vida cotidiana se retiran de la escena pública y son sustituidos –en una cuidada estrategia- por la juguetería de lo que algunos han definido como Cultural War: es decir, por la puesta en primer plano de conflictos más o menos intrascendentes, amortizados, silenciados u olvidados, y cuya dramática escenificación le ha servido para mantener la ficción de una política progresista; de que hay una diferencia esencial entre democristianos y socialdemócratas, obviando que el meollo del progresismo tiene que ver, sobre todo, con la forma en que uno se gana el pan de cada día (y si puede ganárselo o no), y con la estrategia con que se reparte la gran tarta nacional entre los ciudadanos. El prestidigitador Zapatero ha conseguido ocultar durante años esa primacía de lo económico, gracias a que, en España, la lista de conflictos que pueden extraerse de la guardarropía y sacarse a escena es numerosa: clericales contra laicos; abortistas contra antiabortistas; españolistas contra nacionalistas; defensores de la negociación con ETA y partidarios de la mano dura; ecologistas contra negacionistas; partidarios de los trasvases de agua contra partidarios del caudal natural de los ríos; machistas contra feministas y homófobos; e incluso, y sobre todo -sí, setenta años después-, herederos de las víctimas de la guerra civil contra herederos del franquismo. Si a ello añadimos el manejo político de los tiempos judiciales en los escándalos de corrupción que afectan al partido de la oposición, el despacho en el Palacio de la Moncloa parecía asegurado durante unos cuantos años. Como le dijo Zapatero en vísperas electorales a un locutor amigo, y recogió un micrófono indiscreto: "A nosotros nos conviene tensionar". Según los cálculos del líder socialdemócrata, en medio de este agitado guirigay nacional, podía seguir caminando sobre las turbias aguas de la economía sin mojarse ni las zapatillas: sólo faltaba que Europa se recuperase en un par de años, es decir, en vísperas de las próximas elecciones españolas: el tapón español flotaría de nuevo sobre el mar de riqueza continental y él podría seguir presentándose como adalid del progresismo.
De hecho, desde que se inició la crisis, el enredo ideológico ha permitido que los sindicalistas hayan seguido haciéndose enternecedoras fotos con el presidente del gobierno mientras las cifras oficiales hablan de cuatro millones seiscientos mil parados, y las reales superan con creces los cinco millones. Los líderes sindicales han apoyado sin fisuras a un gobierno cuyas únicas medidas anticrisis se han sustanciado en la concesión de ayudas a las empresas automovilísticas y en una entrega de decenas de miles de millones a la banca, ejecutada sin ningún control, con la excusa ideológica de que esos millones iban a servir para que las entidades dieran créditos a las familias y a los pequeños empresarios en apuros. Pero la banca, entre tanto, se ha dedicado a comprar firmas extranjeras, a conceder jubilaciones fastuosas a sus directivos y a mostrar unas brillantes cuentas de resultados fin de ejercicio. Los sindicatos (engrasados con donaciones multimillonarias) no han movido un dedo por los que veían desaparecer sus puestos de trabajo, los que perdían sus pisos y los que tenían que cerrar sus empresas. Durante los últimos meses, la única batalla sindical visible –siguiendo la estrategia del gobierno- ha sido la defensa de un juez que lleva veinticinco años intrigando en política. Zapatero y su ministra de economía han podido presumir ante la oposición de paz social en esa línea postmarxista de que la socialdemocracia es la mejor gestora del capitalismo, y que, por lo demás, cuenta con tan buena tradición en España: en los ochenta fue el gobierno del socialdemócrata Felipe González el encargado de llevar adelante la durísima reconversión industrial que solicitaba el implacable capitalismo europeo; de multiplicar los despidos empresariales hasta elevar el paro a tasas antes nunca imaginadas, de domesticar a varazos a los sindicatos, y de meter al país en la OTAN.
Zapatero ha estado trabajando en sordina a favor de la gran banca y de los especuladores a los que de cara a la galería ataca con demagogia populista(...) Y él mismo ha creído necesario anunciar precipitadamente que pronto llegarán impuestos que gravarán a los que más tienen: a la banca, a la Iglesia, a los ricos (se les llena la boca, salivan al decir la banca, los ricos, la iglesia: cultural war en estado puro). La batidora populista vuelve a girar. A lo mejor queda alguien que se crea algo. No lo sé."

Es curioso. Su amigo Javier Ortiz venía a decir algo parecido en forma más coloquial: estos del PSOE van muy de progres, pero en lo que concierne a la pela no rascan ni una a favor de esos obreros que ornamentan sus siglas. (La cita no es textual, sino semántica). Tendrá razón también otro San Javier, cuando ya hace decenios cantaba:

Tú mucho partido, pero
¿es socialista, es obrero
o es español solamente?
Pues tampoco cien por cien
si americano también,
gringo ser muy absorbente.

Efectivamente, Javier, ni es socialista ni obrero ni tampoco español, los gringos son "mu arsorbentes", es sólo un partido o gran bandería financiado por un tal Botín (¿habrá apellido más explícito que el de este cobrizo chueta!). Rafa Chirbes, ¿no conoces algún escritor joven que pudiera suceder a Valle para el esperpento de ruedo ibérico, siglo XXI, que nos pudiera contar como el PP, vía diputada Cospedal, se arroga, sí Javier, sin hache, el papel de partido de los trabajadores, con un foulard Louis Putton, palestino nada menos?
Hacen bien en copiar, copió Aznar de González, acaso no se llaman Partido Popular, suena lo mismo que obrero. Ya la democracia cristiana en Italia se fundó poppolare...
(Continuará o no).

domingo, 25 de enero de 2009

Contestando al autor de “El hombre que mató a Durruti”.



Los sombreros, signo de distinción de los caballeros de una época ya fenecida, primero al gran Otoski le llevaron a su novela y ahora me llevan a mí ante su autor. Discutamos, pues, de sombreros.
En los primeros meses de la guerra y revolución en Madrid por supuesto que no se llegó a una total uniformidad. Lo que si experimentó la vestimenta del personal fue un cambio considerable. Parecido ocurrió en la España rebelde-nazionalista con la proliferación de tantos falangistas de camisa azul o requetés con pistolón al cinto. En Madrid, la gente más acomodada guardó los trajes en el armario, incluidos los sombreros, y hasta prefirió cierto desarreglo, cuando no desaseo. No tengo aquí la novela que le cité de Juan Iturralde, Días de llamas, por lo que recuerdo, recrea muy bien todo aquello. El protagonista es juez y su padre y familia militares de alta graduación. Siempre en una gran capital la indumentaria nos ofrece un abanico coloridísimo, más marcado y variado. Imagínese durante esos días la tendencia: había que echarle un par para salir con la corbata bien puesta, recién duchado, perfumado y el sombrero en su sitio. Don Pedro, no me valen sus numerosas pruebas en contrario. Se trata de burgueses republicanos en su mayor parte tan distinguidos, que pueden permitírselo: ¡el presidente de la República, el president de la Generalitat y su sucesor, el presidente del Gobierno y un ministro! No eran gente de “a pie”, como se dice ahora, ni de encontrártelos a solas por las calles. Suerte tenían que sus retratos sí aparecían en la multitud de periódicos, revistas gráficas y de humor, en suma, reconocibles y reconocidos por las masas (también mítines, actos públicos,….). De lo contrario, se los imaginan apostados con esa guisa de espías de cine negro en la puerta de una ¡checa!...con los milicianos más coléricos, a un paso.
De todas maneras, debo preguntar como acostumbra usted a algún amigo o experto en la cuestión. Antonio Ferres usa sombrero y tal vez sepa algo. Le preguntaré. En estos momentos no que es muy temprano. Ahí en la foto parece que se lo está imaginando: "Ni se te ocurra, joven".

(Antonio Ferres, qué va, es todo un caballero y gran escritor)

* "...Un comandante republicano a quien el ministro le manifestó personalmente haber sido elegido para la investigación del caso Durruti por su “probada confianza y por sus méritos como policía antes de la guerra” continúa en el cuerpo – ¡nada menos que el encargado de la represión!-, vencidos “los recelos de nuevo régimen” (Blas L-A)
Cierto es que el riesgo de ser reconocido sería muy grande, pero aquí jugamos al 50% de posibilidades. O es que sí o es que no. Y salió el que no. (Pedro de Paz)."

Habrá que concederle ese 50 % de posibilidades, aunque si usted se empeña -por el buen final de su trama- también hubiera podido ser “que si” con un 99% de posibilidades. Desde luego que de ser el rostro del protagonista muy conocido habría necesitado del cirujano de Michael Jackson. El problema es que le podrían reconocer muchos colegas del otro bando o pasados ellos sí con mejor suerte y con la furia del converso, ¿no le parece? Más a un tipo con su historial (Policía Gubernativa e inspector de primera clase con Primo de Rivera, 2 condecoraciones, resuelve el célebre “crimen del compañero”, en 1930 se traslada al cuerpo de seguridad de la P.G., etc.), que en “unos meses” recién terminada la guerra, reingresa en el cuerpo de policía.
Por cierto, no se entiende bien como pudo ser “oficialmente dado por desaparecido” a las pocas semanas. A los más se le tendría por no presentado en el cuerpo de seguridad donde estaba en julio del 36 y depurado por su notorio pasado, en todo caso.
Paso a entrar de lleno en los dos asuntos capitales de su apasionante historia.
1) El hombre que mató a Ascaso.
2) El hombre que mató a Durruti.
Porque, casualidad o no, ese hombre mató primero a Ascaso. “O divaga sobre esa posibilidad”. Se trata de una legítima licencia como narrador (por supuesto, toda la razón, Pedro de Paz) que junto a las anteriores bien administradas consiguen un fascinante final. Y olvidadas en parte las anteriores a fe que lo consigue. Su relato es sobrio, preciso (ya ve, puede que hasta demasiado) y avanza derecho hacia ese final.
Otra cosa es que Otoski y yo, devotos de la figura de Durruti, pinchemos en el juguete que tanto nos ha gustado, como dos traviesos niños, para ver lo que de verdad tiene dentro.

“Lo que no está tan claro es ni el momento ni las circunstancias de su salida de las Atarazanas teniendo que remitirnos en exclusiva al testimonio de Pablo Ruiz.”
En la plaza Arc del Teatre el Comité de Defensa local de la CNT y de la FAI instaló su puesto de coordinación. A la reunión del 19 de julio a las 9 horas acudieron García Oliver, Ascaso, Durruti, Gordo y Manzana, como ya recogí. También otros enlaces, concretamente, Belmonte, de Sindicato de la Madera. A ellos se unieron Antonio Ortiz y Aurelio Fernández. Todo esto lo cuenta el poco después ministro de Justicia, García Oliver, en un artículo en Le Libertaire (18-8-1938) “Ce que fut le 19 juillet” y seguramente en sus memorias El eco de los pasos (extremo éste que Otoski le podrá confirmar, puesto que le han regalado la nueva edición de la obra, teniéndola más a mano que un servidor).




En cuanto a testigos presenciales de la muerte de Francisco Ascaso, sucedida aproximadamente 28 horas más tarde, no sólo lo fue Pablo Ruiz, sino también los demás reseñados en mi texto. El supuesto doble infiltrado Manzana y doble cazador sería todo un prodigio si acertó a abandonar el cuartel, no faltar a las reuniones de la plaza Arc del Teatre y regresar a tiempo al cuartel para cargarse, repito, al mismo Ascaso. Más, si tenemos en cuenta que era el punto más caliente de la ciudad, sin duda, por el fuego cruzado. Otrosí: en toda la anchura de la Rambla Santa Mónica, los obreros del Transporte y de la Metalurgia habían levantado una imponente barricada, impidiendo la salida a la tropa de Atarazanas y Dependencias Militares.

“Pues el doctor Bastos miente o bien en el parte médico (que yo no he tenido ocasión de encontrar ni leer y mira que he buscado) o bien en sus memorias ("De las guerras coloniales a la guerra civil: memorias de un cirujano") por que en estas últimas especifica que Durruti presentaba orificio de entrada en el pecho y de salida en el centro de la espalda.”

En efecto, su parte médico se prestaba a posibilitar la hipótesis oficial de la bala procedente de fuego enemigo, disparada desde el Hospital Clínico. De haber reconocido el orificio de salida por la espalda perdía consistencia, habida cuenta la distancia, que fue calculada en unos 6oo metros .

“Yo solamente hice un puzzle novelado con muchas de las piezas que encontré, entre ellas la de un articulista que decía haber hallado, tras muchos meses de investigación, el expediente militar de José Manzana Vivó (…) En cualquier caso, jamás negaré que todo pueda tratarse de un "cuento de viejas", pero... es lo que tiene de bonito la literatura.”
Había visto ese artículo en la red, lo malo que finaliza de manera un tanto sesgada inopinadamente”: “La versión más pulida sobre la muerte de Durruti apunta a un”
Nada he podido leer de su expediente. No sé usted. Claro que para los intereses que persigue un novelista tanto da.
He pasado por alto la alusión a los “dos hermanos falangistas”. Debería responder el amigo Otoski “que es él que metió la pata” o casi mejor que no porque suele abrir demasiados frentes y algunos muy atractivos, como el de la muerte de Muñoz-Seca atribuida a Gálvez.
En cuanto a la primera, como recojo en un anterior comentario he visto la semblanza que sobre los Durruti traza un descendiente en su blog. En ella cita la trágica suerte de su tío Manolo Durruti (él también se llama Manuel Durruti) muerto en el 34 en Asturias. Por cierto, hace unas horas me ha respondido esto, lo pongo para quienes siguieron aquel comentario. Esto no es una novela, pero también la historia es algo, no lo olvidemos, vivido:
"Estimado Blas:
La nieta del sargento manzana no se ha puesto en contacto conmigo.
Le di mi dirección, pero sin respuesta. Pudo ser una broma.
Saludos
Manuel
Tengo el acta militar del asesinato a Pedro Marciano. Fue detenido el sábado y el domingo asesinado. Todo muy rápido."
En cuanto a la segunda y con esto concluyo (¡habremos de poner un límite a nuestra común pasión!), totalmente de acuerdo.
En esto también habría que precisar al querido Otoski que no se le imputó crímenes concretos, (ergo: no se le juzgó por la muerte de Muñoz-Seca) lo que constituye una muestra más de la irregularidad y nulidad total de los sentencias y de los propios tribunales que durante tantos años después de finalizar la guerra funcionaron, eso sí, a pleno rendimiento. Acerca de esto puede leerse en la Wikipedia: “…un Consejo de Guerra el 5 de diciembre de 1939 por «conspiración marxista y otros cargos más» entre los que se contaba «la muerte de varias decenas de monjas», sin especificar, y no se le comunicó la sentencia…”
Tenemos de nuevo un nieto, para nada apócrifo, preguntándose o, más bien, respondiéndose él mismo: Ussía. Pero le puede el rencor, maneja indicios, no pruebas.
El periodista de la C.N.T. Eduardo de Guzmán (que junto a Ramón J. Sender denunció la matanza de Casas Viejas con Azaña en el Gobierno) compartió las checas trocadas de los rebeldes y prisión con el bohemio sonetista/sablista. Fue testigo de sus últimas horas. (Que no fueron en Porlier ni en Yeserías, sino en el más lejano Alto Carabanchel, al lado de donde, poco después, se construiría la cárcel, la misma que apenas un mes se descopuló con precipitación y nocturnidad). Lo cuenta Eduardo de Guzmán en la primera parte de una trilogía publicada en la transición, Nosotros, los asesinos es su título. El testimonio es de primera por la calidad moral e intelectual del memorialista. Gálvez sufría un arrebato místico-religioso, ¡auténtico! Que no exento de lucidez: «Sé que van a matarme, pero no me preocupa gran cosa. Nadie pasa de viejo, y yo lo soy hace muchos años. Todo lo que pueden hacer es ahorrarme unos meses o unas semanas la agonía y decrepitud».
La leí no hace mucho. A Gálvez se la tenían jurada por su exhibicionismo de miliciano chequista. Daban igual las pruebas. Claro que como cuenta Guzmán en su libro era un personaje, mitad santo, mitad vil fementida canalla, con pasaporte lo mismo para el cielo que para las calderas de Botero.