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lunes, 26 de diciembre de 2016

SERENDIPIAS TRÁGICAS

Las cuentas pendientes
Gastón Segura
Editorial Drácena, 210 págs, 15, 95 € (2015)

No hace falta recurrir a la Wikipedia si te quieres enterar de palabras tan estrambóticas como serendipia. Basta el anuncio de un coche para coger la idea al vuelo. En la literatura existen también las serendipias, lo diremos ya: la anticipación del relato literario a un hecho real. La más célebre es la recogida en “Las aventuras de Arthur Gordon Pym”, donde Edgar Allan Poe hasta vaticinó entre los detalles de la catástrofe, el nombre de la víctima, el joven grumete Richard Parker. Morgan Robertson describe otro naufragio de un barco llamado Titan,14 años antes del hundimiento del más célebre, el del Titanic. Titan y Titanic chocaron contra un iceberg en un mar tan tranquilo como un espejo, cercano a la isla de Terranova, junto a otras tantas coincidencias.
El crimen en Alicante, de la viuda del antiguo presidente de la CAM, dentro de un Porsche,volvía terriblemente a repetir este fenómeno literario -habrá que creer en la inmanencia profética del arte- pues algo parecido sucede en “Las cuentas pendientes”, de Gastón Segura. Por medio, un mismo Porsche Cayenne, una Caja de ahorros de Alicante -Gastón es medio alicantino- y negocios muy turbios con familias enteras alrededor de ellos. Veamos. La fortuna familiar se basa en un patriarca ya ausente en ambos casos: el padre de la chica. En la ficción Raquel Planas, la heredera, casada con el luego presidente de la entidad financiera, Roque Durán, que para ello dejó oportunamente plantada a su novia Cloti, amiga de Raquel. El relato (se sirve de la analepsis, del racconto, más bien) arranca con su muerte, contemporánea a la desaparición de su hermano Jero. Pero este puso antes a buen recaudo la gruesa documentación que prueba el vaciamiento de la Caja. (La CAM fue comprada por un euro y con la ayuda de unos 5.000 millones para tapar su agujero). Toda la contabilidad, la A y la B, “con los cobros a unos y los pagos a otros, en Panamá, en Andorra, en Ginebra....”
Cuando en 2009 Moncho Alpuente le encargó, entre cerveza y cerveza, esta novela negra en la plaza de Carlos Cambronero de Malasaña (8 días antes de que Moncho nos abandonara, en el mismo garito compartí con él unas cañas), a este levantino le dio por adelantar la mala nueva: la quiebra de las Cajas y la fiebre del Gobernador del Banco de España por buscar a los primos Zumosol de ellas. Gastón Segura no es amante del género, sin embargo, es autor de una perla inédita sobre otro asesinato: la del hermano del periodista de la BBC en el exilio, Martínez Nadal. Por fortuna, pronto saldrá a la luz, después de esperar aún más años que Las cuentas pendientes. Parece el sino de este sorprendente y, por momentos, enorme escritor, al que es difícil encasillar, o a esta obra, desde luego, por los transidos márgenes de la senda detectivesca. Nada más atípico que el protagonista, burla de un Sam Spade o Philip Marlowe al uso, que asiste a la investigación como invitado accidental. Personaje, fuente de la historia, a través de sus diálogos (o monólogos) y los del narrador desdoblado en segunda persona, donde el tono intimista se impone a los externos, a veces pirotecnia de jergas, quiebras berlanguianas de seducción chusca (la madura coleccionista de monedas). ¡Ay, ese billete de 500 de Zuloaga, el Macguffin hitchcockiano, hasta dónde lleva! Parecido también a la maleta, luego estatua de la libertad, etc., en Frenético de Polanski. Película que junto al Tercer hombre, o el Hombre que sabía demasiado, del maestro del suspense (Hitchcock) parecen inspirar la trama y el modelo narrativo, al lado de ese otro plano coloquial, donde el empleo de esa segunda persona, nos dice que las cuentas pendientes las seguirá pagando el protagonista en su huida a ninguna parte, porque su naturaleza es íntima y están unidas a su fracaso.
La instrucción del asesinato de María Carmen Martínez, la viuda del preboste de las finanzas provinciales, nos permitirá verificar aquella máxima de Julio Verne, el mayor cazador de serendipias (De la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna, Veinte mil leguas de viaje submarino o Los quinientos millones de Begún están llenas de ellas): “Todo lo que un hombre puede imaginar, otros podrán hacerlo realidad”.
(Publicado en el Diario de Soria/El Mundo, 3 de enero de 2017. En Diagonal aquí:
https://www.diagonalperiodico.net/culturas/32697-serendipias-tragicas.html)

miércoles, 16 de junio de 2010

War Culture, la política de Zapatero

Rafael Chirbes en su última novela CREMATORIO radiografió como nadie lo ha hecho la sociedad del ladrillo española de estos años atrás. Una fiebre del oro-cemento que cegó lo mismo a gobernantes que al más gili de los pringaos. El pasado mes publicó un artículo en el más prestigioso diario alemán, que la prensa de aquí no ha reproducido. Hoy, hablando con el gran escritor Antonio Ferres, me ha dado una pista del porqué. En Madrid, desde el 39 a fuerza de fusilazos, traiciones como las de Besteiro y Casado, sí Antonio, o como sea, no se ha vuelto a recuperar la dignidad, ni mucho menos la de la palabra, que es un don divino. Os paso el original del artículo de Chirbes en este enlace:
http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=3405
Como por suerte o por desgracia conozco a otro Antonio, Antonio Ortiz para más señas, no tan bueno como Machado o Ferres en todos los sentidos de la palabra, voy a reproducir algún párrafo del texto recomendado. Cuando menos por un motivo, a saber: que vista la molicie reinante (no veáis aquí, o allá vosotros, una alusión sobrevenida al Borbón, eso eran cosas de Bergamín) ni siquiera os acerquéis a dicho texto.

"(...)En pocos minutos se venía abajo todo el armazón ideológico sobre el que se ha sostenido durante seis años esta variante contemporánea de la socialdemocracia, que se ha creído a salvo de los avatares económicos, gracias a una estrategia por la cual los problemas de la vida cotidiana se retiran de la escena pública y son sustituidos –en una cuidada estrategia- por la juguetería de lo que algunos han definido como Cultural War: es decir, por la puesta en primer plano de conflictos más o menos intrascendentes, amortizados, silenciados u olvidados, y cuya dramática escenificación le ha servido para mantener la ficción de una política progresista; de que hay una diferencia esencial entre democristianos y socialdemócratas, obviando que el meollo del progresismo tiene que ver, sobre todo, con la forma en que uno se gana el pan de cada día (y si puede ganárselo o no), y con la estrategia con que se reparte la gran tarta nacional entre los ciudadanos. El prestidigitador Zapatero ha conseguido ocultar durante años esa primacía de lo económico, gracias a que, en España, la lista de conflictos que pueden extraerse de la guardarropía y sacarse a escena es numerosa: clericales contra laicos; abortistas contra antiabortistas; españolistas contra nacionalistas; defensores de la negociación con ETA y partidarios de la mano dura; ecologistas contra negacionistas; partidarios de los trasvases de agua contra partidarios del caudal natural de los ríos; machistas contra feministas y homófobos; e incluso, y sobre todo -sí, setenta años después-, herederos de las víctimas de la guerra civil contra herederos del franquismo. Si a ello añadimos el manejo político de los tiempos judiciales en los escándalos de corrupción que afectan al partido de la oposición, el despacho en el Palacio de la Moncloa parecía asegurado durante unos cuantos años. Como le dijo Zapatero en vísperas electorales a un locutor amigo, y recogió un micrófono indiscreto: "A nosotros nos conviene tensionar". Según los cálculos del líder socialdemócrata, en medio de este agitado guirigay nacional, podía seguir caminando sobre las turbias aguas de la economía sin mojarse ni las zapatillas: sólo faltaba que Europa se recuperase en un par de años, es decir, en vísperas de las próximas elecciones españolas: el tapón español flotaría de nuevo sobre el mar de riqueza continental y él podría seguir presentándose como adalid del progresismo.
De hecho, desde que se inició la crisis, el enredo ideológico ha permitido que los sindicalistas hayan seguido haciéndose enternecedoras fotos con el presidente del gobierno mientras las cifras oficiales hablan de cuatro millones seiscientos mil parados, y las reales superan con creces los cinco millones. Los líderes sindicales han apoyado sin fisuras a un gobierno cuyas únicas medidas anticrisis se han sustanciado en la concesión de ayudas a las empresas automovilísticas y en una entrega de decenas de miles de millones a la banca, ejecutada sin ningún control, con la excusa ideológica de que esos millones iban a servir para que las entidades dieran créditos a las familias y a los pequeños empresarios en apuros. Pero la banca, entre tanto, se ha dedicado a comprar firmas extranjeras, a conceder jubilaciones fastuosas a sus directivos y a mostrar unas brillantes cuentas de resultados fin de ejercicio. Los sindicatos (engrasados con donaciones multimillonarias) no han movido un dedo por los que veían desaparecer sus puestos de trabajo, los que perdían sus pisos y los que tenían que cerrar sus empresas. Durante los últimos meses, la única batalla sindical visible –siguiendo la estrategia del gobierno- ha sido la defensa de un juez que lleva veinticinco años intrigando en política. Zapatero y su ministra de economía han podido presumir ante la oposición de paz social en esa línea postmarxista de que la socialdemocracia es la mejor gestora del capitalismo, y que, por lo demás, cuenta con tan buena tradición en España: en los ochenta fue el gobierno del socialdemócrata Felipe González el encargado de llevar adelante la durísima reconversión industrial que solicitaba el implacable capitalismo europeo; de multiplicar los despidos empresariales hasta elevar el paro a tasas antes nunca imaginadas, de domesticar a varazos a los sindicatos, y de meter al país en la OTAN.
Zapatero ha estado trabajando en sordina a favor de la gran banca y de los especuladores a los que de cara a la galería ataca con demagogia populista(...) Y él mismo ha creído necesario anunciar precipitadamente que pronto llegarán impuestos que gravarán a los que más tienen: a la banca, a la Iglesia, a los ricos (se les llena la boca, salivan al decir la banca, los ricos, la iglesia: cultural war en estado puro). La batidora populista vuelve a girar. A lo mejor queda alguien que se crea algo. No lo sé."

Es curioso. Su amigo Javier Ortiz venía a decir algo parecido en forma más coloquial: estos del PSOE van muy de progres, pero en lo que concierne a la pela no rascan ni una a favor de esos obreros que ornamentan sus siglas. (La cita no es textual, sino semántica). Tendrá razón también otro San Javier, cuando ya hace decenios cantaba:

Tú mucho partido, pero
¿es socialista, es obrero
o es español solamente?
Pues tampoco cien por cien
si americano también,
gringo ser muy absorbente.

Efectivamente, Javier, ni es socialista ni obrero ni tampoco español, los gringos son "mu arsorbentes", es sólo un partido o gran bandería financiado por un tal Botín (¿habrá apellido más explícito que el de este cobrizo chueta!). Rafa Chirbes, ¿no conoces algún escritor joven que pudiera suceder a Valle para el esperpento de ruedo ibérico, siglo XXI, que nos pudiera contar como el PP, vía diputada Cospedal, se arroga, sí Javier, sin hache, el papel de partido de los trabajadores, con un foulard Louis Putton, palestino nada menos?
Hacen bien en copiar, copió Aznar de González, acaso no se llaman Partido Popular, suena lo mismo que obrero. Ya la democracia cristiana en Italia se fundó poppolare...
(Continuará o no).

lunes, 14 de diciembre de 2009

Crematorio de Rafael Chirbes (II)


Las buenas novelas como el buen vino siempre son/están de actualidad. Como riojano me perdonareis este símil tan clásico, es natural que sea el primero que se me ocurre. Lo digo porque no voy a comentar ningún estreno, porque no entiendo que sólo haya de publicarse únicamente sobre las pelis, las obras (de teatro, musicales, de literatura… de arte, en suma) que se puedan comprar, es decir entendidas como consumo o espectáculo. No confundo comunicar con publicidad, ¡si en alguna medida alcanzo! Menos procuro conducirme por los usos serviles tan extendidos, al menos conscientemente.
CREMATORIO fue premio de La Crítica, excelso reconocimiento para una novela y un autor no muy conocidos en su propio país, al que dedica su memoria y su documentación para fundirla en un crematorio crepitante de alusiones literarias y cinematográficas, de artículos y reportajes periodísticos. Dice el autor: “a la mayoría de los autores saqueados (digámoslo así), incluida la Biblia los he homenajeado citándolos con cualquier excusa". A otros no, porque no ha encontrado la oportunidad o ha perdido la fuente del apunte, del recorte, de la cita, etc.
A esta reseña “mía” compuesta en su homenaje sucede otro tanto: está hecha de reseñas que comparto unidas a mis impresiones como lector y que no desbrozaré. Adelante, pues.
Y lo primero, he de confesar que estuve a punto de desistir de su lectura. No es que se trate de un libro difícil, ni hermético, ni con referencias crípticas y culturales. Todo lo contrario. Es una novela directa.
Rafael Chirbes es un escritor español fundamental de nuestra literatura que vive gracias a los lectores alemanes. Y no porque tenga una de esas agentes literarias que abren mercados, otra expresión de la posmodernidad editorial más palpitante, sino porque Rafael Chirbes a pesar de ser un tipo orgulloso, locuaz, espléndido, buen gastrónomo, avispado catador, divertido, defensor de Galdós y Faulkner sin esquizofrenia, solitario, tal vez con algún parecido al Federico Brouard de su novela; además, y sobre todo, tiene suerte. Esa fortuna del perdedor sonriente y con encaje, y resultó que una traductora alemana le buscó a él y al editor -genial la historia de nuestra literatura exportable, donde vienen a buscar lo que no está en el expositor- y así Chirbes se convirtió en autor leído en Alemania. ¿Por qué se dice que Javier Marías fue elogiado por los críticos alemanes, con Reich-Ranicki a la cabeza, y nadie señala que Chirbes también lo fue y en mayor medida? Pues por la misma razón que se mantiene la vieja concepción de Renfe, sigue habiendo tres clases de vagones, al menos para la gente que espera a los escritores en la estación. Me hace gracia pensar que de su soberbia narración /La buena letra/, la editorial Anagrama debió colocar unos diez mil ejemplares, como mucho, aventuro, y sin embargo en Alemania pasó de los doscientos mil, y hasta le dedicaron una semana en Colonia, donde por cierto no apareció autoridad española: ni literaria ni consular ni periodística.

¿Y qué es Crematorio? Las novelas no se explican, se leen, y lo más que puede hacer un comentarista es acercar el libro a los lectores. Ahí encontrarán el mundo nacido en la posguerra, crecido en la transición y que se hizo grande gracias al socialismo especiado y los populares imperturbables. Una familia, un constructor, un mundo. Cuando los sueños se hacen realidad y resulta que la realidad no tiene nada que ver con aquellos sueños. Pero así es la vida que hemos ido creando relatada por un escritor que un día decidió retirarse a vivir en un pequeño pueblo y se limita a la cosa más difícil de cuantas tareas puede tener un novelista: abrir bien los ojos del recuerdo, afilar el lápiz y ponerle una cierta distancia a lo indescriptible. A esto, algunos chicos de la crítica brillante lo llaman moralismo, cosa que no he entendido en mi vida, porque ellos lo aprendieron de sus abuelas, mientras que las gentes como Rafael Chirbes y los protagonistas de Crematorio no conocen ninguna moral como no sea la frustración de no haber llegado más lejos. ¿Habrá algún día quien cuente que si no fuera por escritores como Chirbes buena parte de nuestra literatura podría pasar por andorrana? Algo así como una variante del antiguo duralex; para todos los usos y todos los gustos.
Después de leerla, la volví a leer. No recuerdo haber hecho lo mismo antes con otras narraciones. Fue un acierto. Pude disfrutar algo más ligeramente puesto que cada página ofrece un concentrado introspectivo poco aconsejable para lecturas pasajeras como fueron las idas y vueltas del Metro: ¡cosas de nuestro tiempo! Además termina por donde empieza por lo que su relectura es un continuum muy realista: El funeral de Matías (un revolucionario, reciclado en las filas del PSOE en su retiro costero, nuevo gurú de la agricultura ecológica) al que acude su hermano Rubén, el constructor sin escrúpulos, un bon vivant culto y refinadísimo, torturado por lo que considera una vieja traición familiar. Me quedo con su anatomía de la familia. La red de monólogos que teje entre sus miembros describe inmejorablemente (o casi) la injusticia íntima de sus relaciones, la familia como forma de ejercicio de los valores de la propiedad, se nos dice en la contraportada…

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Crematorio de Rafael Chirbes: la hoguera de los escritores



"Así dicen los grandes directores de orquesta que hay que tocar a Beethoven, a Brahms, a Schumann, eso es el trabajo bien hecho, la música como tal, sin más, sin esos subrayados que la mayoría de las veces sólo sirven para encubrir carencias, la música sin efectismos. El genio suele ser un farsante que disimula sus deficiencias con la ampulosidad de los gestos. Por lo demás, alguien que, en el fondo, en vez de trabajar, se dedica a ejercer como relaciones públicas, a rodearse de una corte de exégetas que crecen en torno a él, haciéndolo crecer a él. Halagar a mecenas, a galeristas, a periodistas, a banqueros que desgravan impuestos a cambio de colgar cuadros en un bajo con ventanillas y mostrador de atención al cliente; a cambio de financiar conciertos, de crear patronazgos de esto y aquello, eso es lo que te otorga el estatuto de genio, que te tengan ellos en el catálogo."

El giro moderno que tomó la novela española en los 80 coincidiendo con "La movida" me apartó de su lectura por mucho que "El País " naciente pretendía vendernos nuevos valores despegados de la caspa nacional. Ya vemos en que ha devenido el diario independiente de la mañana, hoy global: defiende su emporio cultural y sus intereses industriales por encima de éticas periodísticas, con prácticas gansteriles que ponen bajo sospecha las pretendidas ínfulas de su intelligentsia. Ello unido a que mis lecturas y empeños han sido ajenos al llamado terreno de la ficción han hecho de mí un perfecto ignorante de las bendiciones de su propaganda oficialísima. Mis pequeños descubrimientos han obedecido a otras vías más particulares, en ocasiones un tanto curiosas.
Tal es el caso de mi hallazgo de Rafael Chirbes. Cuando a principios de este nuevo siglo respondía a mi profesora de Alemán del Instituto de la calle de Zurbarán de madrid que no leía a ningún escritor español porque no me interesaban no lo decía superficialmente. Esta señora que hablaba la lengua de Goethe con la excelencia de Hannover (el equivalente a la del castellano de Valladolid) nombró a Rafael Chirbes arrobadamente. A nadie más, por cierto, pero su admonición, mereció la pena. Llegado el verano leí de seguido Mimoun, En la lucha final, Los disparos del cazador, La larga marcha y La caída de Madrid. Siento que después no terminara de leer el resto de su obra: La buena letra, sobre todo, o Los viejos amigos. Tal vez acabé algo saturado por el fresco que componía en su “trilogía” (en realidad, en todas sus novelas, no sólo las 3 primeras a partir de La lucha final), ahora no dudo en que suponee el más logrado esfuerzo en retratar a la gente de su generación y a la España que él ha conocido desde su nacimiento a fines de los 40.
No recuerdo ya si pertenece a La larga marcha o a cualquiera de las otras una escena que personalmente encuentro como el mejor resumen de la lucha antifranquista o cuando menos toda una estampa para entender debidamente los milagros y chascos de la transición. La recreo improvisadamente (mis excusas para el autor):
Un grupo de estudiantes pertenecientes a la alta burguesía conspiran contra la dictadura ante la complaciente hospitalidad –incluido té y pastas- de sus mayores, escépticos, ya que ven más como un juego de niños, esas reuniones, y para nada amenazantes o peligrosas: como lo van a ser si no falta el hijo del ministro tal, del banquero X o de la familia de más ringorrango…Todas esas perfectas y paralelas sobremesas de sociedad se rompen una buena tarde por un solo detalle que no encaja. Una de las visitas, una marquesa latifundista de Badajoz, ha reconocido sin duda ninguna a uno de sus peonzuelos entre los chicos del salón. La reacción no se hace esperar, su indignación no admite remilgos: ¿Qué hace entre sus cachorros aquel obrero llegado a la capital después de abandonar su cortijo!! ...Evidentemente, allí se consumaron aquellas conspiraciones de salón.

(Mañana hablaremos de Crematorio, paciente lector)
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Cuatro cuestiones para Rafael Chirbes:
-¿Qué ha aprendido con Crematorio, y qué cree que aprenderá el lector?
En esta novela intento llevar al límite lo que empecé en las dos novelas anteriores (La caída de Madrid, y, sobre todo, Los viejos amigos): demoler todos los lenguajes con los que nos hemos construido, descubrir que son -en palabras de Victor Hugo- postizos que ocultan lo real. Lubricantes, consoladores. Mis guías en el viaje han sido Lucrecio y La Celestina, dos auténticas trituradoras del mundo que les tocó en suerte.
-¿La realidad es tan desoladora como su novela?
Hemos perdido la idea de participar como alfareros del mundo. Son otros los que lo están haciendo a su monstruosa medida, y nosotros lo vemos desde fuera, ni siquiera atónitos: más bien entre pasmados y asustados. Cualquier idea de razón, de justicia, de equilibrio, o valores como la fidelidad y la bondad, han sido sepultados en la práctica. Jamás había tenido una sensación tan grande de que vivimos en sombras, abandonados por los dioses, en un mundo ajeno. Debajo del paraíso contemporáneo, hay una escombrera y un lago de basura, o un cadáver cuyo hedor hay que tapar.
-¿Qué ha prestado de sí mismo a los personajes, a Rubén y Matías?
En realidad, todas mis novelas son, a la vez, un paseo por el entorno de Chirbes y una excavación en sus pozos oscuros. Cuanto más miro hacia fuera, más sale lo de dentro como un eco sombrío de esa música ambiental. Matías, Rubén, o los protagonistas malvados de Los disparos del cazador y de La caída de Madrid, me sirven como muro sobre el que estalla la fragilidad -y falacia-de mis buenas intenciones. Frente a la cháchara de los bienpensantes, el malo tiene una indigerible dosis de realidad. Es lo que hay, sin tapujos. Ahí, el modelo es ese inalcanzable Torquemada de Galdós. Quién hiciera un personaje así.
-¿Teme la respuesta de la crítica?
Escribo de lo que puedo, de lo que -ni yo mismo sé por qué- se me impone. Qué le voy a hacer. Tengo mis fantasmas. Vivo solo, escribo a solas, me reconcomo, dudo, me convenzo de mi torpeza, y salgo por donde puedo en esto de la literatura. En Crematorio se me ha escapado el horror de que nada de cuanto he -o hemos- hecho haya servido para nada. Me dan mucho miedo todos esos muertos sin herederos en los que nos hemos convertido. Las únicas semillas fértiles parece que las ha plantado el diablo.