domingo, 6 de mayo de 2012

El abogado del caso Almería



Quien sabe si inauguro aquí una serie de artículos (míos) perdidos en la red, en el sentido de desaparecidos misteriosamente. Por suerte, de un viejo disco duro he podido recuperar este que no encontraba por ningún lado, relacionado con el famoso caso Almería.
Llega mayo, tiempo familiar de comuniones, tres jóvenes se disponen a cruzar la península desde Santander hasta el pueblo almeriense de uno de ellos. Ha invitado a sus 2 compañeros de trabajo norteños a visitar el sur y a su familia que celebrará la comunión de la más pequeña de sus hermanas. Os dejo con el texto:

El pasado mes se recordaron en este mismo diario los brutales crímenes del conocido como “caso Almería”: 25 años después, los asesinos siguen impunes.

Si yerro decídmelo pero fue la primera vez en que miembros –al menos tres, aunque había bastantes más- de la Guardia Civil fueron condenados a penas de cárcel por tortura y homicidio. Hasta su expulsión del cuerpo las cumplieron en centros militares y para afrontar su nueva situación cobraron varios millones de los fondos reservados.

Con todo, esta primera condena en buena parte fue debida a la entrega y coraje del abogado de las víctimas, Darío Fernández Álvarez, a pesar de las obstrucciones, amenazas, que llegaron al atentado frustrado, y del vacío del medio profesional y de su entorno.

Por todo ello, creo que se hace acreedor a detenernos un poco en el conocimiento de su personalidad, consagrada por entero al ejercicio de la abogacía en su más noble e incomprendida –tanto como perseguida- expresión.

Pedro Costa, así lo entendió y realizó su primer filme tomándole como protagonista. Su denuncia de El caso Almería (1984), sólo tenía un precedente en España: El crimen de Cuenca (1979) de Pilar Miró que hasta fue secuestrado por un tribunal militar. Pero las referencias del director pueden ir más hacia un cine de denuncia, tipo Z (1968) de Costa-Gavras, en que un juez íntegro investiga el asesinato de un líder pacifista. De hecho, pensó en Jean Louis Trintignant, uno de los actores de ese thriller político junto a Ives Montand e Irene Papas, para dar vida al abogado Darío Fernández. Lo descartó, más adelante, al no convenirle “por el problema del sonido directo” (Entrevista de Carlos Boyero a Pedro Costa, Casablanca, nº 37, enero 1984). En su lugar, un omnipresente por esas fechas, Agustín González, que francamente no tiene nada que ver con el francés, ni tampoco da el tipo con respecto al personaje real, en absoluto carpeto-vetónico, sino más bien con una formación muy cuidada en el extranjero. Supongo que en el mercado nacional no habría mucho donde escoger. Pero yo no voy a entrar en más valoraciones, me imagino que en las videotecas estará la película. Quien sienta curiosidad que la vea y juzgue, si es que en su día no la vio.

Prefiero centrarme en el libro en el que ella misma se basó El caso Almería (1982) de Antonio Ramos Espejo, en concreto, en el capítulo redactado por el abogado y en el propio libro suyo La justicia manchada en España. Reflexiones y vivencias de un abogado (Primera Parte), Darío Fernández Álvarez (2000); aunque no trate el caso, ni me consten otros libros suyos o continuación en que lo haga.

El ABOGADO

“Yo he quedado marcado para toda la vida…El Crimen de Cuenca es un tema que queda en pañales al producirse este caso, ¿verdad? Aquél no fue un crimen en el sentido de que a nadie se mató. Existió, por error, el crimen judicial. Pero, después del caso Almería, el de Cuenca no tiene vigencia.”

Esa era su tensión por aquellos días. Y su obsesión, tenía un nombre: Casasfuertes. Bien barruntaba el verdadero lugar de los macabros crímenes. “Entonces, me puse a visitar aquellos acuartelamientos de la playa, desde Almería, por la zona del Zapillo, hacia el cabo de Gata”. Cerca también de la alquería de las Bodas de Sangre de García Lorca, intuía Darío Fernández estas otras comuniones de sangre entre las comuniones de mayo. Un abogado sobrecogido mientras busca sus rastros. “Me llamó mucho la atención un pozohasta el punto que llegué a cobrar un repeluzno terrible, al estar con la cabeza dentro y ver que se reflejaba una imagen como si fuera la de un brazo, suspendido en el agua…Y hasta estuve a punto de caerme. Esto ocurrió días después de las tres muertes, de haber vivido una experiencia muy fuerte, alucinante.”

Pero se le denegaron pruebas fundamentales para la reconstrucción itinerante de los hechos. Tampoco colaboró ningún profesional, perito o técnico. Sí, solo ante “la belleza de la verdad jurídica”. Ese fue el único aliento que tuvo, los molinos de viento que percibió.

A diferencia del filme, Darío si analiza el miedo ambiental. “¿Porqué ocurre esto en Andalucía? El temor a las represalias: “Oiga, pero es que usted sabe ciertas cosas y me puede colaborar…Si usted dice que ha ocurrido de esta forma, ¿por qué no viene y lo dice delante del juez?” ¿Les suena?

Como tantas veces la verdad necesitaba su tiempo. Hoy la sabemos por una carta anónima de uno de los guardias. Lo presentía el abogado: “Con el tiempo, los guardias hablarán. Sí, sí, sí…como han hablado criminales famosos en la historia”.

Otro momento espeluznante que no podía dejar de recordar fue el de las autopsias: “Yo, que vea ya las torturas de las cañas introducidas en las uñas, el colgarlos de los testículos, como en El crimen de Cuenca, pues que te digo…Para mí esto me deja marcado para toda la vida. Ver los cadáveres en la forma en que estaban, que Faustino apenas pudo reconocer a su hermano…Y si con quince litros de gasolina, los cuerpos podían quedar así…Y además hay muchas evidencias. Entonces, ¿por qué mentir a un país? ¿Por qué tratar de tontos y de ciegos…? Claro, cuentan con la plataforma de que esto siempre ha sido así”.*

LA JUSTICIA MANCHADA EN ESPAÑA

De lo que este abogado ha querido dejar un testimonio más amplio es de toda su dilatada vida profesional. Ha tenido que ser expulsado por enésima vez del Colegio de Abogados para decidirse desde su retiro a poner por escrito sus enseñanzas dirigidas con predilección a los que empiezan. Nada que ver con las “selectos” libros de anécdotas forenses que recogen otros “ilustres” compañeros eméritos.

Él puede dar mejor ejemplo, como cuando prescribe lo siguiente:

“El abogado necesita saborear la adversidad.”

De toda la adversidad del mundo se nutren las numerosas escenas -puede que hilarantes algunas, pero horripilantes las más-. Son heridas abiertas que necesitaba finalmente verter en tinta impresa. Su estilo acusa en ocasiones la pesadez de los estrados y sus experiencias también manchan sus dolorosas líneas por esa hemorragia que jamás podrá curar, pero la verdad de cuanto dice está por encima de todo. Y salvo el caso más notable del magistrado Joaquín Navarro, otro tanto castigado por los de su casta, no abundan entre los profesionales de la Justicia este tipo de libros. Tal vez aquí el crimen sea señalar al criminal, más cuando no anda muy lejos. En ese sentido, la crítica hacia sus propias instituciones que el letrado don Darío Fernández pudo observar en Inglaterra o EE.UU le han servido a él, pero no ha cundido el ejemplo.

Para terminar entresacamos de la narración casuística lo que sigue:

- Una jueza que archiva una causa civil en una vista penal, declara el archivo firme, hace firmar a una procuradora del público y declara en rebeldía al otro procurador al no ser localizado en la ciudad ese día. Después manda detenerle (a él, el abogado) y se va al rellano de la escalera. (Abría que abrir signos de admiración desde la primera línea al menos hasta el final. ¡Hagánlo por mí!) Llega la Guardia Civil avisada por la agente de la Sala. Ella desde la escalera gritaba sus deseos:

-Deténganle.

Pero a cuál de los 4 que había en el banco. Descendió algo la jueza y se hizo inteligible. “Le objeté a la jueza que los juicios o sesiones concluyen con la firma del acta y a ella correspondía suscribirla en primer lugar. Entró en Sala y así lo hizo; después el fiscal y al llegar a mi turno señalé que no podía hacerlo por estar detenido. La situación era excepcionalmente demencial. No firmé en descuerdo radical con el acto que, sin recogerse, denuncié. Apremió a los guardias a detenerme -¿sería esposado en Sala?- sin moverme de mi asiento. No fui esposado y fui llevado andando al Ayuntamiento. Accedimos a la Casa Consistorial y solicitaron al policía municipal que abriera el calabozo para ingresar al preso. El requerido continuó ocupado con la lectura de un periódico y al ser intimado de nuevo para franquear la puerta del arresto les contestó que la abriría cuando trajeran al detenido pues también el abogado estaba esperando. No dio crédito a que el preso fuera yo. Resignado y confundido deslizó la puerta metálica con titubeo. No accedí al interior sin antes solicitarles, en su apoyo, se proveyeran del mandamiento judicial de detención. Se les facilitó y ante su inconcreción interesé del fiscal y de la juez, por medio de tercero, la concesión del habeas corpus. El recado se salvó con nuevo mandamiento en el que exponía la causa: alteración del orden público. En el anterior parecía gravitar la idea indefinida de desacato….

Pedí ser oído en declaración…Le planteé la irregularidad de su intervención al ser juez y parte. Tiempo baldío. Algo se detectó tras el interrogatorio, que me hizo dudar del equilibrio mental de aquella jueza. El dato fue la forma extrañamente amable que me dispensó. Diría que de deseado tono familiar y afectuoso.”

Le confesó su decisión de abrazar la carrera judicial, debida al caso Almería y a la admiración personal y profesional que le profesaba. A esta anécdota, si así se la puede llamar, la titula el sufrido abogado como: TERRORISMO JUDICIAL.

Cuesta buscarlas de verdad, como no sean éstas:

- “Nunca he sentido sobre mí la presión del tiempo en mis actuaciones forenses, por más que haya irritado a la ‘vecindad’. La señora del Presidente de sala retrasaba la comida cuando a su marido le tocaba los juicios conmigo.”

- “Señoría usted acaba de transformar esta sala de Justicia en una sala de conciertos, pero no estoy dispuesto a oír su solo de campanilla. Entonces, con orden de desalojar la Sala, ante la sonora reacción del público, tal instrumento regaló sus mejores decibelios. Esa ‘melódica frase’ y una entrevista de prensa posterior me deparó un procesamiento por desacato.

Siempre me ha acompañado la idea de sentirme tan al lado de mis defendidos, que he tenido que asimilarla a mi propia suerte pues han sido bastantes las situaciones en que, tras defender….acabara, paradójicamente, tras la absolución de mi cliente, procesado yo.”

Será el sino de la justicia, que no necesariamente el signo de la justicia como por ahí transcribe –es otra anécdota- algún mal apuntador.

* Joseba Arregi, detenido durante 9 días en Carabanchel, tres meses antes, moría con el cuerpo destrozado. A varios presos había relatado como fue colgado en una barra sufriendo golpes y quemaduras en los pies y en todas partes. Lo recuerda nuestro amigo Decio Machado en Diagonal nº 32 al denunciar a uno de sus interrogadores, el actual jefe de la Policía Judicial, J. A. Roca.

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