viernes, 11 de febrero de 2011

Vilaplana: su heráldica

Estábamos en los altos de Serrano, en la Residencia de Estudiantes. Una mañana de invierno soleada de Madrid, extremadamente seca. Mis ojos, mi nariz, lo acusaban igualito que hoy, niveles de polución entre tolerables e intolerables. (Aclaro: la foto de portada es de Corpus Barga).
-No tengo unas memorias, nunca fui un personaje de la escena política. Sin embargo, mi libro en París sobre las barbaridades de ese bando, bandería más bien, que se hacía llamar nacional a pesar de vender la patria a italianos y alemanes, fue un auténtico best-seller mundial.
Nada sabemos de ese libro hoy. (Al menos, en ese momento de nuestra primera conversación). Han pasado unos años, estamos en 2010, el ínclito y condenado plagista Pérez-Reverte acaba de prologar una nueva edición pirata -muy de su gusto- de esa bomba reliquia del pasado.
-Si te empeñas, te contaré mi vida. Pero prefiero hablarte de lo que vi, no de mí. Conocí en la embajada a Corpus Barga, julio del 37, y aún le admiro, mas no esperes cien páginas o más para contarte los pasos no míos, y menos de mi familia. Cierto que no tengo su abolengo, aunque tampoco carezco de un mínimo pedigrí. A saber, mi apellido Vilaplana refiere un solar catalán, su origen se remonta a un homónimo Antonio, natural y ciudadano honrado de Lérida, doctor en ambos Derechos y oidor de la real audiencia de Cataluña. Mi notable antepasado obtuvo privilegio de caballero del principado de Cataluña, dado por Carlos II, en Madrid el 4 de agosto de 1672, y el de noble de dicho Principado, por el mismo monarca, en Madrid, el 10 de marzo de 1694.

Con estos antecedentes a nadie extrañará que una vez alojado en esta Residencia, te hablo ¡de 1920!, estudiase Derecho. Por cierto fui de los últimos que admitieron para seguir estudios de bachiller. En futuros años, los nuevos residentes eran ya universitarios. Gracias a esto tuve la suerte de compartir internado con Lorca, Dalí, Buñuel, Altolaguirre, del que me hice muy amigo, éramos de la misma edad, yo justo un mes más; y tantos otros como mi admirado Emilio Prado, por no citar más. Por supuesto, que ese año en la Residencia me marcó profundamente. He sido jurista, pero también periodista y en alguna medida escritor.
¡Ah, y acabo con la heráldica! Si consultas alguno de esos tochos en especial los concernientes a Cataluña -ya que Vilaplana es apellido catalán-, ahí podrás contrastar cuanto te digo:
Otro lejano antepasado Pedro-Juan de Vilaplana, natural de Montbui, fue agraciado con el privilegio de caballero del Principado, otorgado por don Juan de Lanuza, en Barcelona, el 15 de abril de 1494.
Y aún otro ancestro, consiguió el privilegio de caballero del Principado, firmado en Binéfar, por Felipe II, el 7 de diciembre de 1585.
Intenté más de una vez interrumpirle sin éxito. Me hubiera gustado preguntarle por su primer apellido, puesto que Vilaplana era su segundo. A fin de cuentas se llamaba igual, aunque sin lazos de sangre, que otro más ilustre secretario, Antonio Pérez, el de la época de Felipe II, creador de la leyenda negra española a través de sus escritos, una vez en el exilio de París, mucho antes que él. Tampoco sé por cual rama le vino su afición bohemia y esos amoríos con la noche madrileña y con alguna de sus vedettes. Por lo demás, doy fe de que nunca más hablamos de su nobleza, sino de sus pruebas bien ganadas en el campo de batalla.
Abandoné esos altos de Serrano rumiando cuán fértiles eran, a veces, para la posteridad las traiciones de los secretarios. Momentos habrá que tratemos las de esos otros colegas coetáneos, que lo fueron de los adalides rebeldes: generales Mola y Queipo de Llano.

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